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16 de septiembre de 2025 a las 12:00

Secretos Olvidados en San Lorenzo

El polvo del olvido se ha posado sobre la fosa común de San Lorenzo Tezonco, un rincón gris y silenciado en el vasto panteón de Iztapalapa. Para llegar a ella, hay que adentrarse en un laberinto de tumbas y maleza, un camino que parece alargarse a propósito, como si el tiempo mismo quisiera mantener a raya el recuerdo de la tragedia. A cuatro décadas del sismo que partió en dos la Ciudad de México, la memoria de las aproximadamente 1,300 almas que yacen en esta fosa de 9 metros de profundidad se desvanece lentamente. La maleza, en su imperturbable avance, parece querer tragarse el recuerdo de aquellos días aciagos.

Don Maclovio González, el sepulturero, un hombre curtido por los años y el oficio, recuerda con la precisión del trauma la llegada incesante de los camiones. Sus ojos, pequeños pero penetrantes, fueron testigos del desfile macabro, iluminado por los fríos reflectores, de cuerpos sin nombre que llegaban "a tope" en los camiones. "Como si fueran desechos", dice con un dejo de amargura que aún resuena en su voz cuatro décadas después. La imagen lo persigue, la cal, la tierra, el ritual repetido hasta el agotamiento, una coreografía fúnebre que se repitió durante un mes entero. No era un trabajo para cualquiera, eran 79 sepultureros y 10 auxiliares, un ejército de la muerte enfrentando la magnitud de la catástrofe.

El silencio se ha apoderado de este lugar. "Ya muy poca gente viene", comenta Maclovio, con una resignación que se percibe en cada arruga de su rostro. Antonio, otro panteonero, asiente con la cabeza. "Tal vez en sus casas los recuerdan, pero aquí no", sentencia. Ocho lápidas, en un pequeño lote junto a otras tumbas, marcan la presencia de algunos cuerpos identificados. Reciben visitas, cada vez menos frecuentes, flores marchitas que son testimonio del paso inexorable del tiempo y el olvido.

Unas palabras grabadas en un monumento de cemento resisten el embate del tiempo: "Ayer, hoy y siempre, por los años que vivimos no olvido tu partida y aunque no te encontré, ni sé donde buscarte tú estás en mi corazón". Un grito silencioso en medio del abandono, una promesa de recuerdo que se desvanece con los años. La placa que simbolizaba la labor incansable de los rescatistas, una mano sosteniendo un antebrazo, fue robada en el 2005. Un acto de vandalismo que parece una metáfora de la desmemoria colectiva.

Las conmemoraciones oficiales se han ido diluyendo con el tiempo. "En los dos sexenios ya no se ve la fosa común", se lamenta Maclovio. Sólo el 19 de septiembre, con la visita de las autoridades, se reaviva por unas horas el recuerdo de la tragedia. Una ceremonia protocolaria que no alcanza a llenar el vacío de la memoria.

Las lágrimas asoman a los ojos de Maclovio. "Esto es algo que jamás se olvida", susurra con voz quebrada. "Nadie sabe lo que pasará mañana". Una verdad universal que adquiere un significado profundo en este lugar de silencio y olvido.

A cuarenta años del sismo, la fosa común de San Lorenzo Tezonco se convierte en un símbolo del recuerdo del olvido. Miles de mexicanos, reducidos a un número, a una estadística, yacen en este rincón olvidado de la ciudad. Sus nombres, sus historias, sus sueños, sepultados bajo el peso de la tierra y el olvido. Un recordatorio de la fragilidad de la vida y la importancia de mantener viva la memoria.

Fuente: El Heraldo de México