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16 de septiembre de 2025 a las 09:40

Alcanza la estabilidad que mereces

La sombra de la deuda pública se alarga sobre el mundo, proyectando una incertidumbre que trasciende las frías cifras macroeconómicas y penetra en el corazón mismo de la estabilidad política y social. Japón, con una deuda que supera el 255% de su PIB, se erige como el ejemplo más extremo de esta preocupante tendencia, pero no está solo. Desde las costas del Mediterráneo, con Grecia e Italia tambaleando bajo el peso de sus compromisos financieros, hasta las economías emergentes de África y Oriente Medio, el fantasma del sobreendeudamiento acecha. Incluso Estados Unidos, la potencia económica mundial, se acerca peligrosamente al umbral del 100% de deuda respecto a su PIB, acumulando la mayor deuda en términos absolutos.

Es importante comprender que la deuda, en sí misma, no es el villano de esta historia. Utilizada con prudencia y visión estratégica, puede ser un instrumento poderoso para impulsar el crecimiento económico, financiar infraestructuras cruciales y responder a las demandas sociales. La clave radica en la capacidad de los gobiernos para generar un círculo virtuoso donde la inversión financiada con deuda se traduzca en un aumento del PIB que, a su vez, permita su repago sin comprometer la estabilidad financiera. Imaginemos la construcción de una red de ferrocarriles de alta velocidad: la inversión inicial, posiblemente financiada con deuda, generaría empleos, dinamizaría el comercio y, a largo plazo, aumentaría la productividad y la recaudación fiscal, permitiendo amortizar la deuda inicial.

Sin embargo, la realidad a menudo se aleja de este escenario ideal. Cuando la deuda se acumula sin una planificación rigurosa y se destina a gastos corrientes en lugar de inversiones productivas, se convierte en una pesada carga que hipoteca el futuro. El servicio de la deuda, es decir, el pago de intereses y amortizaciones, consume una parte cada vez mayor del presupuesto público, desplazando recursos que deberían destinarse a sectores esenciales como la salud, la educación y la infraestructura. Este desplazamiento genera un descontento social creciente, que se manifiesta en protestas y presiones políticas que dificultan aún más la gestión de la crisis.

La situación se agrava cuando la deuda alcanza niveles insostenibles, poniendo en riesgo la estabilidad financiera del país. La confianza de los inversores se erosiona, el acceso a los mercados de crédito se encarece y la moneda se devalúa, generando un círculo vicioso que puede desembocar en una crisis económica. Además, la vulnerabilidad del sector bancario aumenta, ya que las entidades financieras se ven expuestas a un mayor riesgo de impago de la deuda soberana.

Ante este panorama sombrío, los gobiernos se ven obligados a tomar medidas drásticas para reducir su deuda pública. Recortes presupuestales, aumentos de impuestos e incluso la imposición de aranceles son algunas de las herramientas que se utilizan en esta lucha contra el endeudamiento. Sin embargo, estas medidas, aunque necesarias desde un punto de vista económico, suelen ser impopulares y generan resistencia social. El caso de Francia, con una sucesión de primeros ministros incapaces de implementar reformas estructurales debido a la oposición popular, ilustra la complejidad del problema. Grecia, por su parte, se debate entre la necesidad de reducir su deuda y la presión social para mantener el gasto público, un dilema que pone de manifiesto la tensión entre la estabilidad económica y la estabilidad política.

Nos encontramos, pues, en una encrucijada histórica. La salud de la economía global depende del saneamiento de las finanzas públicas, pero la estabilidad política internacional requiere la satisfacción de las necesidades de la población. Encontrar el equilibrio entre estas dos fuerzas opuestas es el gran desafío al que se enfrentan los líderes mundiales en el siglo XXI. La búsqueda de soluciones innovadoras que permitan conciliar el crecimiento económico con la justicia social es más urgente que nunca. El futuro de la prosperidad y la paz global depende de nuestra capacidad para afrontar este desafío con determinación y visión de futuro.

Fuente: El Heraldo de México