23 de junio de 2025 a las 11:10
El nuevo rostro del Trumpismo
La lealtad inquebrantable que muchos estadounidenses profesan hacia Donald Trump, incluso tras controversias como las redadas migratorias, el asesinato perpetrado por un simpatizante republicano y las tensiones con Irán, despierta una pregunta crucial: ¿qué motiva a sus seguidores? Más allá de las cifras del Pew Research Center que revelan un apoyo del 66% entre los blancos sin título universitario frente a un 45% entre aquellos con estudios superiores, se esconde una realidad compleja. Desde septiembre de 2022, la etiqueta "MAGA" ha trascendido la mera candidatura de Trump, consolidándose como una cosmovisión social, cultural y moral que permea a un sector cada vez más amplio de la población.
Hablamos, en gran medida, de hombres blancos de clase trabajadora o media, sin formación profesional, que miran con desconfianza al sistema político. Aferrados a valores religiosos tradicionales, se muestran críticos con los cambios sociales promovidos por el progresismo liberal. Sin embargo, el apoyo a Trump no se limita a los estratos de bajos ingresos; incluso entre quienes ganan más de 200 mil dólares al año, encuentra eco su narrativa. Una narrativa que habla de un país desorientado, de valores suplantados por una agenda liberal ajena a sus convicciones y de élites políticas, académicas y mediáticas que los han abandonado a su suerte.
El perfil ideológico del votante MAGA se dibuja con nitidez: la economía como principal preocupación (93%), la demanda de políticas migratorias más estrictas (82%), la defensa del derecho a portar armas sin restricciones (89%), el rechazo al reconocimiento de identidades transgénero (92%) y la creencia en un sistema penal demasiado blando (83%). A esto se suma una visión revisionista de la historia racial, donde un 75% considera que la esclavitud no tiene un impacto significativo en la situación actual de la comunidad afroamericana.
Casos extremos, como el de Vance Boelter, el republicano de Minnesota sospechoso del asesinato de la congresista Melissa Hortman y su esposo, y de herir al senador John Hoffman y su cónyuge, ilustran la radicalización de algunos sectores. Boelter, cristiano evangélico con fuertes convicciones conservadoras, viajó a África para predicar, publicaba mensajes antiaborto y cuestionaba la moralidad estadounidense respecto a la diversidad sexual. Su perfil, paradigmático del votante más radicalizado, encarna la convergencia de religiosidad, moralismo, defensa de la familia tradicional y la convicción de que el país necesita una restauración espiritual.
Si bien estos casos no representan la totalidad del electorado MAGA, sí reflejan una franja que ha abrazado el discurso político como una cruzada cultural. La figura de Trump ha dejado de ser un fenómeno pasajero para convertirse en una identidad política profundamente arraigada.
Es importante destacar las divisiones internas dentro del movimiento. El Democracy Fund Voter Study Group ha identificado al menos cinco subgrupos: conservadores firmes, defensores de políticas antimigrantes, nacionalistas nativistas, antiélites y un segmento desinformado pero movilizado por el resentimiento. A pesar de estas diferencias, la mayoría converge en su rechazo a las políticas progresistas y su adhesión al nacionalismo.
En este contexto, Trump no es solo un presidente, sino un símbolo, un síntoma y un canalizador de una identidad política que ha llegado para quedarse. Su influencia sigue movilizando a millones de ciudadanos, especialmente a aquellos que se identifican con el movimiento "Make America Great Again". La cuestión, entonces, no se limita a entender qué hay detrás de cada seguidor, sino a comprender las profundas transformaciones que este fenómeno está generando en el tejido social y político de Estados Unidos. ¿Cómo abordar estas divisiones? ¿Cómo construir puentes de diálogo en una sociedad cada vez más polarizada? Estas son las preguntas que debemos plantearnos para comprender el futuro de la democracia estadounidense.
Fuente: El Heraldo de México