22 de junio de 2025 a las 21:40
Frena la violencia, ¡desarmemos el odio!
La violencia que azota nuestras calles nos exige una profunda reflexión y una acción contundente. No podemos permanecer impasibles ante el derramamiento de sangre inocente, ante la pérdida de vidas truncadas por la barbarie. La Arquidiócesis Primada de México, con un llamado a la unidad y a la acción, nos invita a convertir el dolor en semilla de paz, a transformar la tragedia en un motor de cambio. No se trata de un simple consuelo, sino de un imperativo moral que nos interpela a cada uno de nosotros.
Desarmar nuestras calles, como bien señala la Arquidiócesis, va más allá de la simple recolección de armas de fuego. Implica un desarme integral, un desarme del alma que erradique el odio, la indiferencia, la corrupción y la mentira. Estas "armas simbólicas", tan letales como las balas, siembran la discordia, alimentan el rencor y erosionan el tejido social. Son el caldo de cultivo donde germina la violencia, el preludio del disparo que apaga una vida.
La exclusión y el olvido, esa marginación sistemática que relega a tantos a las sombras de la sociedad, son el primer eslabón de una cadena de violencia que culmina en la tragedia. Recordar a las víctimas, honrar su memoria, no es un acto de nostalgia melancólica, sino un compromiso con la justicia, un grito silencioso que exige un cambio profundo. Cada vida perdida es una herida abierta en el cuerpo social, una llaga que clama por sanación.
La construcción de la paz, esa tarea titánica que nos compete a todos, no puede delegarse a unos cuantos. Iglesia, gobierno, organizaciones ciudadanas y sociedad en su conjunto, debemos formar un frente común, un "nosotros" amplio y diverso, capaz de arropar al que sufre, de denunciar la injusticia y de tender la mano a quien lo necesita. No se trata de una opción, sino de una obligación moral que nos interpela en lo más profundo de nuestro ser.
Educar en la paz, acompañar a las víctimas, participar activamente en la construcción de una sociedad más justa, exigir justicia sin claudicar, cuidar nuestras palabras para que no se conviertan en armas, abrir espacios de encuentro donde el diálogo y la reconciliación sean posibles: estos son los gestos concretos que nos exige el compromiso de desarmar nuestras calles.
El clamor de las víctimas, ese grito desgarrador que resuena en la conciencia colectiva, debe ser el motor que nos impulse a la acción. Debemos ser luz en medio de la oscuridad, sembradores de paz en un terreno árido, constructores de un futuro donde la vida sea respetada, cuidada y celebrada. Que la sangre derramada no sea en vano, sino la semilla que fecunde un país nuevo, un país donde la justicia y la paz reinen por fin. Que así sea.
Fuente: El Heraldo de México