20 de junio de 2025 a las 22:00
Zitácuaro: Enfrentamiento armado tras cateo a grupo delictivo
La barbarie desatada ayer en Zitácuaro nos obliga a reflexionar sobre la compleja realidad que vivimos en Michoacán. Un operativo conjunto de la FGR y la Sedena, destinado a desmantelar centros de operación de un grupo delictivo, desencadenó una respuesta brutal e indiscriminada que cobró la vida de un niño de tan solo cinco años. ¿Cómo podemos, como sociedad, asimilar la pérdida de una vida tan joven, segada por la violencia irracional? La imagen de ese pequeño, lleno de sueños e ilusiones truncadas, nos conmueve profundamente y nos exige justicia.
El Gobernador Alfredo Ramírez Bedolla, con voz entrecortada por la indignación y el dolor, confirmó la tragedia y calificó la reacción del grupo criminal como una "aberración". No son palabras vacías. Son el reflejo del sentimiento de impotencia que compartimos ante la escalada de violencia que azota a nuestras comunidades. No podemos normalizar estos actos. No podemos permitir que la muerte y el terror se conviertan en parte de nuestro cotidiano.
Las autoridades han asegurado que los responsables están identificados y que se trabaja incansablemente para su captura. Algunos de ellos, incluso, cuentan con órdenes de aprehensión previas. ¿Por qué entonces siguen libres? ¿Qué fallas existen en nuestro sistema de justicia que permiten que estos individuos continúen operando y sembrando el caos? Estas son preguntas que exigen respuestas claras y contundentes. No basta con la promesa de justicia. Necesitamos acciones concretas que nos garanticen la seguridad y la tranquilidad que merecemos.
La tragedia de Zitácuaro no es un caso aislado. Es un síntoma de un mal más profundo que aqueja a nuestro estado y a nuestro país. La lucha contra el crimen organizado no puede limitarse a operativos aislados. Requiere una estrategia integral que aborde las causas de la violencia, que fortalezca nuestras instituciones y que promueva la participación ciudadana.
La indignación que sentimos hoy debe transformarse en un motor de cambio. Debemos exigir a nuestras autoridades que asuman su responsabilidad y que implementen las medidas necesarias para erradicar la violencia de nuestras calles. Debemos, como sociedad, unirnos en un frente común para construir un futuro de paz y justicia para nuestros hijos. No podemos permitir que la vida de este pequeño de cinco años haya sido en vano. Su memoria debe impulsarnos a luchar por un Michoacán más seguro, un Michoacán donde la vida sea el valor supremo.
El dolor que embarga a la familia del pequeño y a toda la comunidad de Zitácuaro nos recuerda la fragilidad de la paz y la urgencia de actuar. No podemos quedarnos de brazos cruzados. Debemos alzar la voz y exigir un cambio. La justicia para este pequeño y para todas las víctimas de la violencia es una deuda que como sociedad no podemos dejar de pagar. El futuro de Michoacán está en juego.
Fuente: El Heraldo de México