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20 de junio de 2025 a las 04:30

El ritual de la abuela: ¿Funciona?

En el corazón de México, donde la tierra guarda la memoria de generaciones y las tradiciones se susurran al viento, persiste una costumbre tan peculiar como fascinante: la de enterrar un cuchillo en la tierra para ahuyentar la lluvia. Un acto que, si bien carece de fundamento científico, se aferra a la esperanza y a la fe en un poder superior que rige los designios del clima. Este ritual, revivido recientemente en las redes sociales gracias a la viralización del video de una abuelita enterrando un machete en su jardín, nos invita a reflexionar sobre la compleja relación del ser humano con la naturaleza y la persistencia de las creencias ancestrales en un mundo cada vez más tecnológico.

La imagen de la anciana, con la determinación grabada en su rostro, clavando el machete en la tierra, se ha convertido en un símbolo de resistencia ante la adversidad, un recordatorio de la sabiduría popular y de la fuerza de la tradición. Y es que, aunque meteorólogos y científicos expliquen la formación de las nubes y los patrones de lluvia, la imagen del cuchillo cortando el cielo cargado de agua evoca una conexión más profunda, una comunicación directa con las fuerzas que rigen el universo.

Este acto, que podría parecer simple superstición, se enraíza en la cosmovisión de las culturas prehispánicas, donde la naturaleza era venerada como una entidad viva, habitada por dioses y espíritus. El cuchillo, herramienta esencial para la supervivencia, se convertía en un instrumento de comunicación con estas fuerzas, un canal para expresar deseos y peticiones. Al enterrarlo en la tierra, se establecía un vínculo simbólico con la Madre Tierra, una súplica para que intercediera ante las deidades del clima.

No es casualidad que esta tradición sea especialmente popular entre los agricultores, quienes históricamente han dependido del buen tiempo para sus cosechas. La incertidumbre del clima, la amenaza de la sequía o las lluvias torrenciales, los ha llevado a buscar formas de influir en los elementos, de asegurar la prosperidad de sus cultivos. El cuchillo enterrado se convierte entonces en un amuleto, en un símbolo de protección contra las inclemencias del tiempo.

Con el paso del tiempo, esta práctica trascendió el ámbito agrícola y se extendió a otros eventos sociales, como bodas, quinceañeras y bautizos, donde la lluvia se percibe como una amenaza para la celebración. En estos casos, el ritual adquiere un carácter más festivo, una forma de conjurar la mala suerte y asegurar un día soleado para la ocasión.

Más allá de su eficacia meteorológica, la verdadera potencia de este ritual reside en su capacidad para generar esperanza y consuelo. En un mundo donde la incertidumbre y la falta de control son constantes, la posibilidad de influir en el clima, aunque sea de manera simbólica, ofrece una sensación de tranquilidad, una forma de canalizar la ansiedad y la preocupación.

Para quienes practican este ritual, no se trata de negar la ciencia, sino de complementarla con la fe y la tradición. Es un acto de resistencia cultural, una forma de mantener vivas las costumbres ancestrales y de honrar la memoria de los antepasados. Es, en definitiva, una muestra de la profunda conexión del ser humano con la tierra y con las fuerzas que rigen el universo. Y aunque la lluvia pueda llegar a pesar de todo, el cuchillo enterrado en la tierra permanece como un símbolo de esperanza, un recordatorio de que, incluso ante la adversidad, la fe y la tradición pueden ofrecer consuelo y fortaleza.

Fuente: El Heraldo de México