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21 de junio de 2025 a las 02:30

El ocaso de los héroes

La obsesión por la victimización, una sombra sobre la aspiración humana.

Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha buscado referentes, faros en la oscuridad que iluminen el camino hacia la virtud. Figuras imperfectas, sí, pero inspiradoras, que encarnaban valores como la valentía, la sabiduría o la justicia. Don Quijote, con su locura idealista, es un ejemplo perfecto: un personaje que, a pesar de sus equivocaciones, nos recuerda la grandeza inherente al espíritu humano, esa búsqueda innata de trascendencia. ¿Qué ha sucedido con esa búsqueda? ¿Por qué hemos abandonado la admiración por la virtud y la hemos reemplazado por la exaltación del sufrimiento?

Es innegable la importancia de visibilizar el dolor y dar voz a quienes lo padecen. Reconocer el sufrimiento ajeno es un acto de empatía fundamental. Sin embargo, hemos caído en la trampa de glorificar la victimización per se, sin atender a la superación, a la resiliencia que surge de las cenizas del dolor. Malala Yousafzai no es un símbolo de admiración únicamente por el atentado que sufrió, sino por su valentía al enfrentarse a la adversidad, por su lucha incansable por la educación. La verdadera inspiración reside en la capacidad de transformar el sufrimiento en un motor de cambio, no en la mera exhibición de la herida.

Como apunta Daniele Giglioli en su "Crítica de la víctima", la victimización se ha convertido en una suerte de moneda de cambio social, un escudo que protege de la crítica y otorga un estatus especial. Ser víctima, en la sociedad actual, confiere una identidad, un derecho a ser escuchado, incluso una forma de autoestima. Esta narrativa no solo empobrece nuestro ideal humano, sino que también debilita el tejido social. Una sociedad de víctimas es una sociedad estancada, incapaz de avanzar, presa de la queja y desprovista de la fuerza necesaria para la transformación.

El peligro reside en perder la perspectiva, en igualar situaciones incomparables. No podemos equiparar el sufrimiento de un niño que muere de hambre con el de un influencer que pierde seguidores en redes sociales. Si caemos en esa banalización del dolor, perdemos nuestra humanidad. Nos convertimos en una sociedad insensible, incapaz de discernir entre la verdadera tragedia y la simple incomodidad.

La consecuencia directa de esta cultura del victimismo es la alarmante escasez de referentes positivos. Se nos enseña a nombrar nuestros problemas, a diseccionarlos con precisión quirúrgica, pero no a superarlos. Nos convertimos en expertos en reclamar atención, pero no en construir soluciones.

Es urgente, por tanto, recuperar la figura del héroe, no como un ser inalcanzable, sino como un recordatorio de nuestro potencial. Los héroes no siempre visten capas ni aparecen en los titulares. Son el padre que trabaja incansablemente para dar un futuro mejor a sus hijos, la madre que se entrega por completo a su familia, el médico que lucha por salvar vidas, el maestro que inspira a sus alumnos. Son también figuras como Malala, Nelson Mandela o San Juan Pablo II, individuos que eligieron responder al dolor con virtud, transformando la adversidad en un impulso para el cambio.

Recuperemos la búsqueda de la excelencia, la aspiración a la virtud. Dejemos de competir por ver quién sufre más, una competencia estéril que solo nos conduce a la mediocridad. Volvamos a los clásicos, que nos hablan de la grandeza del espíritu humano, de la capacidad de superar las limitaciones y alcanzar la trascendencia. Escuchemos a las víctimas, sí, pero no olvidemos que el mundo necesita, más que nunca, personas dispuestas a sanar, a inspirar, a recordarnos que, a pesar de nuestras imperfecciones, somos capaces de alcanzar la grandeza.

Fuente: El Heraldo de México