20 de junio de 2025 a las 09:25
El Muro: ¿Cuánto Cuesta Realmente?
La promesa del muro fronterizo, una imponente barrera física que detendría el flujo migratorio, se desvanece en el horizonte texano. Lo que se presentaba como una solución definitiva, una demostración de fuerza y control, se ha convertido en un monumento a la ineficacia, un costoso recordatorio de las promesas incumplidas. Tres mil millones de dólares invertidos, un exiguo 8% de la obra completada y una fecha de finalización que se pierde en la nebulosa del futuro. El coloso de cemento y acero se reduce a tramos inconexos, fácilmente franqueables por quienes buscan una vida mejor al otro lado de la línea divisoria.
El ambicioso proyecto, impulsado por el gobernador Greg Abbott como estandarte de su política de seguridad fronteriza, se ha topado con la resistencia de los propietarios de tierras, reacios a ceder sus propiedades al avance implacable del concreto. La expropiación, una medida drástica que podría acelerar la construcción, se mantiene como una posibilidad latente, una espada de Damocles que pende sobre las negociaciones. Sin embargo, incluso con la expropiación, las proyecciones son desalentadoras: 30 años de construcción y un costo total que supera los 20 mil millones de dólares.
Mientras tanto, los huecos en el muro, irónicamente, se convierten en símbolos de las grietas en la estrategia de seguridad del estado. Migrantes y contrabandistas sortean con relativa facilidad los tramos construidos, demostrando la ineficacia de una barrera que se concentra, paradójicamente, en zonas rurales donde los cruces ilegales son menos frecuentes. La inversión millonaria, lejos de resolver el problema migratorio, se convierte en un gasto desproporcionado, un elefante blanco que drena los recursos del estado.
El contraste entre la retórica incendiaria y la realidad sobre el terreno es evidente. La promesa de una frontera segura se diluye ante la evidencia de una obra inconclusa, un proyecto que se tambalea entre la falta de fondos y la oposición de los propietarios de tierras. La narrativa de control y seguridad se desmorona ante la persistencia del flujo migratorio, que encuentra su camino a través de las brechas del muro, desafiando la lógica de una barrera física como solución definitiva.
En este escenario, el gobierno texano redirige su atención y sus recursos. En lugar de insistir en la construcción del muro, se priorizan las redadas y deportaciones, una estrategia que, si bien puede ofrecer resultados a corto plazo, no aborda las causas profundas del fenómeno migratorio. La inversión de 3,400 millones de dólares en el Departamento de Seguridad Pública y la Guardia Nacional de Texas, en un contexto de disminución del flujo migratorio, plantea interrogantes sobre la eficacia y la justificación de este gasto.
Mientras el gobierno estatal se enfoca en medidas punitivas, el gobierno federal parece relegar la construcción del muro a un segundo plano. La adjudicación de un contrato para construir un pequeño tramo en el condado de Hidalgo se percibe más como un gesto simbólico que como un compromiso real con la finalización del proyecto. La prioridad, al parecer, se centra en otras áreas, dejando al muro fronterizo como un vestigio de una política que ha perdido su impulso.
El tema migratorio, sin embargo, sigue siendo un campo fértil para la retórica política. La promesa incumplida del muro se convierte en un arma arrojadiza en el debate político, un símbolo de las diferencias ideológicas y de la lucha por el control de la narrativa. Mientras tanto, la realidad en la frontera persiste, ajena a las promesas y a las estrategias políticas, un flujo humano que busca un futuro mejor, sorteando los obstáculos que se le presentan, incluyendo los tramos inconclusos de un muro que se desvanece en el horizonte texano.
Fuente: El Heraldo de México