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19 de junio de 2025 a las 05:20

Trump confronta a migrantes en la Casa Blanca

La escena, casi surrealista, se desarrollaba bajo el sol implacable de Washington D.C. El presidente Trump, con su característica postura, gesticulaba ante un grupo de periodistas, jactándose de su política migratoria. Hablaba de "miles" de deportados, utilizando términos como "asesinos", "narcotraficantes" y "enfermos mentales" para describirlos, pintando un cuadro sombrío y alarmista. De pronto, giró sobre sus talones y, como si se tratara de una ocurrencia espontánea, se dirigió a los obreros que, a pocos metros, trabajaban en la instalación de un nuevo asta de bandera, un símbolo, irónicamente, de la nación que acoge a inmigrantes de todo el mundo.

Con una mezcla de aparente jocosidad y tono inquisitivo, Trump lanzó la pregunta al aire: "¿Tenemos aquí a alguien que sea miembro de…? No, no lo creo". La frase quedó inconclusa, flotando en el aire cargada de insinuaciones. ¿Miembro de qué? La pregunta sin respuesta resonaba con más fuerza que cualquier acusación directa. A continuación, dirigiéndose a los periodistas, inquirió: "¿Conocen a estas personas desde hace mucho tiempo?". La pregunta, aparentemente trivial, adquiría un nuevo significado en el contexto de la conversación previa sobre inmigración ilegal.

La tensión palpable se intensificó cuando Trump, sin esperar respuesta, formuló la pregunta directa: "¿Hay algún migrante ilegal?". Las risas nerviosas de los trabajadores, sus cabezas negando tímidamente, no aplacaron el interrogatorio presidencial. Con una crueldad casi teatral, Trump añadió: "Ellos lo averiguarán. Los revisarán. Toda su vida será destruida por esta conferencia de prensa". La amenaza, velada tras una sonrisa, colgaba en el aire como una espada de Damocles sobre los hombres que, momentos antes, se afanaban en izar la bandera de la nación que ahora los ponía en la picota.

La ironía de la situación era abrumadora. Mientras Trump se jactaba de enaltecer los símbolos patrióticos del país, utilizaba a los mismos trabajadores que contribuían a ese embellecimiento como chivos expiatorios de su retórica antiinmigrante. Los obreros, con sus cascos de seguridad y sus herramientas, se convertían en un símbolo involuntario de la vulnerabilidad de la mano de obra inmigrante, expuesta a la arbitrariedad del poder y a la presión mediática.

Mientras tanto, la instalación de los nuevos mástiles, imponentes y costosos, parecía una metáfora del contraste entre la grandilocuencia del poder y la precariedad de la vida de quienes, a menudo en la sombra, construyen la nación. Trump, con su experiencia en el sector inmobiliario, se deleitaba en los detalles técnicos de la construcción, alabando la calidad de los materiales y la ingeniería del proyecto. "Es un mástil muy hermoso", declaraba con orgullo, ajeno a la profunda contradicción que encarnaba su discurso.

La escena en la Casa Blanca, con la bandera ondeando al viento, dejaba un sabor amargo. La celebración patriótica se veía empañada por la sombra de la discriminación y la incertidumbre que se cernía sobre los trabajadores, cuya única "falta" parecía ser la de construir, literal y metafóricamente, el país que ahora los cuestionaba. El contraste entre la majestuosidad del símbolo patrio y la vulnerabilidad de los trabajadores inmigrantes ponía de manifiesto, una vez más, las complejidades y contradicciones de la narrativa nacional estadounidense. Y mientras Trump se regodeaba en la belleza del nuevo asta de bandera, la pregunta sobre el estatus migratorio de los obreros resonaba en el aire, un recordatorio incómodo de la fragilidad del sueño americano para muchos.

Fuente: El Heraldo de México