18 de junio de 2025 a las 19:30
No normalicemos la guerra
La angustia se palpa en el aire. Un silencio denso, roto solo por los susurros de la oración, precede las palabras del Papa León XIV. Desde la Plaza de San Pedro, bajo la mirada atenta de miles de fieles, su voz resuena con la fuerza de la súplica, un clamor por la paz que se extiende más allá de los muros del Vaticano, alcanzando los confines de un mundo ensombrecido por el conflicto. Irán, Israel, Gaza… nombres que se repiten como un eco doloroso, escenarios de una tragedia que desgarra el corazón de la humanidad. Ucrania, herida abierta que supura dolor e incertidumbre, se suma a la letanía de sufrimiento.
No podemos, nos exhorta el Santo Padre, permitir que el horror de la guerra se convierta en la norma, en un paisaje cotidiano al que nos habituamos con la indiferencia de lo inevitable. La guerra, insiste, no es un destino inexorable, sino una elección, una tentación perversa que debemos rechazar con todas nuestras fuerzas. El brillo seductor de las armas, la promesa ilusoria del poderío militar, no son sino espejismos que ocultan la devastación y la muerte.
Recordando las sabias palabras de su predecesor, el Papa Francisco, León XIV reafirma la verdad fundamental: la guerra es siempre una derrota. No hay vencedores en el campo de batalla, solo perdedores. Perdedores de vidas, de sueños, de futuro. Perdedores de humanidad. En nombre de la dignidad humana, en nombre del derecho internacional, el Papa eleva su voz, un llamado a la razón, a la responsabilidad, a la compasión.
Pero la paz no se construye solo con palabras, sino también con acciones. Y el Papa León XIV nos invita a mirar hacia dentro, a examinar nuestras propias vidas, a identificar las áreas donde nos sentimos paralizados, bloqueados, incapaces de avanzar. Inspirándose en la curación del paralítico del Evangelio de Juan, nos interpela: ¿Queremos sanar? ¿Queremos liberarnos de las ataduras que nos impiden vivir plenamente?
A menudo, explica el Santo Padre, nos aferramos a nuestras dolencias, nos refugiamos en la comodidad de la enfermedad, exigiendo la atención y el cuidado de los demás. Es una forma de eludir la responsabilidad, de evitar tomar las riendas de nuestra propia existencia. La pregunta de Jesús, aparentemente superficial, es en realidad una invitación a la introspección, a la honestidad con nosotros mismos.
La sanación, nos recuerda el Papa, comienza por reconocer nuestra propia fragilidad, por aceptar nuestra necesidad de ayuda. Y esa ayuda, esa fuerza para superar nuestras limitaciones, la encontramos en el Corazón de Cristo, fuente inagotable de misericordia y amor. Pidamos al Señor, nos exhorta León XIV, que nos ilumine, que nos muestre el camino hacia la sanación, que nos dé la valentía para romper las cadenas que nos atan. Y recemos por aquellos que se sienten paralizados, perdidos, sin esperanza. Recemos por la paz en el mundo, por el fin del sufrimiento, por el triunfo del amor sobre el odio. Que la luz de la esperanza brille en la oscuridad, guiándonos hacia un futuro de justicia y fraternidad.
Fuente: El Heraldo de México