17 de junio de 2025 a las 09:40
Supera los obstáculos y triunfa
La inquietud se palpa en el aire. Ese runrún constante, ese zumbido que nos acompaña desde la cuna, resuena hoy con más fuerza que nunca. La guerra, esa bestia ancestral que creíamos dormida, despierta y estira sus garras en cada rincón del planeta. Desde la polvorienta Franja de Gaza, hasta las calles vibrantes de Los Ángeles, el eco de los tambores de guerra nos recuerda nuestra fragilidad, nuestra incapacidad para escapar del ciclo eterno de violencia.
La historia, esa maestra implacable, nos lo grita a la cara. México, nuestra tierra, ha sido crisol de conflictos, escenario de batallas que han dejado cicatrices profundas en nuestra identidad. De la Independencia a la Revolución, pasando por las intervenciones extranjeras y las luchas intestinas, la guerra ha sido una constante, una sombra alargada que nos persigue. ¿Será que llevamos la semilla de la discordia en la sangre? ¿Será que estamos condenados a repetir los errores del pasado?
La mirada inocente de un niño, absorta ante las imágenes de la televisión, nos interpela. "¿Estamos en guerra?", pregunta con voz trémula. Y la respuesta, dolorosa y compleja, se nos atraganta. Porque la guerra no se limita a las trincheras y los bombardeos, sino que se infiltra en cada grieta de la sociedad, en cada discurso de odio, en cada acto de intolerancia. La guerra es la continuación de la política por otros medios, decía Clausewitz, y la política, a menudo, es sinónimo de dominación, de imposición, de silenciamiento.
El conflicto palestino-israelí, un laberinto sin salida, nos muestra la cara más cruda de la guerra. El odio ancestral, la lucha por la tierra, la sed de venganza, alimentan un fuego que parece inextinguible. El ataque de Hamas en octubre de 2023, con su terrible saldo de víctimas, abrió una nueva herida, un nuevo capítulo en una historia marcada por la sangre y el dolor. La respuesta de Israel, contundente y despiadada, no hizo sino avivar las llamas del conflicto, extendiendo la violencia a otros actores, como Irán, que ha entrado en la ecuación con su arsenal de misiles y drones.
Ucrania, otro escenario de desolación, nos recuerda la fragilidad de la paz. La invasión rusa de Crimea en 2014 desencadenó una guerra que ha dejado miles de muertos y millones de desplazados. La resistencia ucraniana, heroica y tenaz, se enfrenta a la maquinaria bélica de Putin, en una lucha desigual que parece no tener fin.
Y mientras tanto, en las calles de Estados Unidos, una guerra silenciosa se libra. La xenofobia, alimentada por discursos incendiarios, se traduce en políticas migratorias draconianas que criminalizan a los migrantes, especialmente a los latinos. Las redadas, las deportaciones, la separación de familias, son las armas de una guerra que busca expulsar a los "indeseables", a aquellos que no encajan en el modelo de la "gran nación".
El panorama es desolador. La guerra, en sus múltiples formas, se extiende como una plaga, amenazando con engulfarnos a todos. La tecnología, que podría ser una herramienta para el progreso, se convierte en un instrumento de destrucción, en manos de aquellos que buscan imponer su voluntad por la fuerza. La sombra de una guerra nuclear, que parecía disiparse con el fin de la Guerra Fría, vuelve a cernirse sobre nosotros, recordándonos la fragilidad de nuestra existencia.
¿Qué nos queda entonces? ¿Resignarnos a la barbarie? ¿Aceptar la guerra como una parte inevitable de la condición humana? No. Debemos resistir. Debemos alzar la voz contra la injusticia, contra la intolerancia, contra la violencia. Debemos construir puentes de diálogo, fomentar la empatía, promover la paz. El futuro de la humanidad depende de ello.
POR DAVID MARTÍN DEL CAMPO
COLABORADOR
EEZ
Fuente: El Heraldo de México