17 de junio de 2025 a las 09:20
La Noche Triste: ¿Qué pasó realmente?
La sombra de la duda se cierne sobre el proceso electoral. Más allá de las frías cifras y los resultados oficiales, persiste una inquietante sensación de injusticia, un clamor sordo que se alza desde la ciudadanía que exige transparencia y apego a la legalidad. No se trata de una simple discrepancia política, sino de una profunda herida en el tejido democrático, una herida que amenaza con supurar si no se atiende con la seriedad y la prontitud que merece.
El escenario que se presenta es desolador. Testimonios de irregularidades se acumulan, pintando un cuadro preocupante de manipulación y coacción. Las denuncias, lejos de ser casos aislados, parecen formar un patrón sistemático que pone en tela de juicio la legitimidad del proceso. Hablamos de propaganda ilícita financiada con recursos oscuros, de un reparto masivo de dádivas que busca comprar voluntades, de actas con inconsistencias inexplicables, de ciudadanos amedrentados que ven vulnerado su derecho a ejercer el voto libremente. ¿Cómo podemos, ante semejante panorama, hablar de una elección limpia y transparente? ¿Cómo podemos pedirle a la ciudadanía que confíe en un sistema que parece estar carcomido por la corrupción?
La respuesta, lamentablemente, parece estar en la impunidad. Mientras las autoridades encargadas de velar por la legalidad miran hacia otro lado, la injusticia se consolida. La falta de acceso a las actas de cómputo, la dificultad para presentar denuncias, la lentitud en las investigaciones, todo ello contribuye a crear un clima de desconfianza y frustración. Se nos dice que debemos respetar las instituciones, pero ¿cómo podemos respetar instituciones que no se respetan a sí mismas, que permiten que se pisoteen los principios fundamentales de la democracia?
La defensa del voto no es una tarea exclusiva de los partidos políticos, es una responsabilidad de todos los ciudadanos. Debemos alzar la voz, exigir que se investiguen las irregularidades, que se sancione a los responsables y que se tomen las medidas necesarias para garantizar que futuros procesos electorales se desarrollen con apego a la ley. No podemos permitir que la sombra de la duda se convierta en una constante en nuestra vida democrática. El futuro de México depende de la participación activa y comprometida de todos aquellos que creemos en un país justo y democrático.
La batalla por la democracia no se libra solo en las urnas, se libra también en las calles, en los tribunales, en los medios de comunicación, en cada conversación que sostenemos con nuestros familiares y amigos. Debemos mantenernos vigilantes, informarnos, organizaros y exigir que se respeten nuestros derechos. La democracia es un bien preciado que no podemos darnos el lujo de perder. Es nuestro deber defenderla con valentía y determinación. El futuro de México está en juego.
Fuente: El Heraldo de México