17 de junio de 2025 a las 09:40
Domina la narrativa
La sombra del odio se cierne sobre el mundo, susurrando en los oídos de líderes y ciudadanos por igual, sembrando la discordia y cosechando violencia. Negar la potencia de las palabras es un acto de peligrosa ingenuidad. Son las palabras, cargadas de veneno, las que encienden la mecha de la intolerancia y alimentan la hoguera del fanatismo. A lo largo de la historia, la retórica del odio ha sido el arma predilecta de tiranos y demagogos, utilizada para justificar lo injustificable y movilizar a las masas hacia la barbarie.
Hoy, en la era digital, el discurso del odio se propaga con la velocidad de un virus, infectando las mentes y corrompiendo los corazones. Las redes sociales, concebidas como plataformas para la conexión y el intercambio de ideas, se han convertido en amplificadores de la intolerancia, donde el anonimato empodera a los cobardes y la viralidad premia la provocación. El caso del asesino en Minnesota, un trágico recordatorio de las consecuencias del odio, ilustra la peligrosa conexión entre la retórica incendiaria y la violencia en el mundo real. No se trata simplemente de un individuo desequilibrado, sino del síntoma de una sociedad enferma, donde el discurso del odio ha erosionado los cimientos de la convivencia pacífica.
El intento de asesinato contra legisladores demócratas revela una preocupante polarización política, donde las diferencias ideológicas se transforman en odios viscerales. La violencia política, una vez relegada a los oscuros capítulos de la historia, regresa con fuerza, amenazando la estabilidad de las democracias. La respuesta de algunos sectores, lejos de condenar la violencia, parece alimentarla con evasivas y justificaciones, creando un clima de impunidad que solo puede conducir a más derramamiento de sangre.
La situación en Colombia, con el atentado contra un candidato presidencial, es otro ejemplo del veneno que el odio inyecta en el cuerpo político. La violencia se convierte en un ciclo sin fin, donde la tragedia se repite generación tras generación, dejando una estela de dolor y resentimiento. El clima de polarización, alimentado por discursos incendiarios, crea un caldo de cultivo para la violencia, donde la vida humana pierde valor y la razón se somete a la pasión.
Incluso en México, donde la salida del "odiador en jefe" ha traído una aparente calma, la sombra del odio persiste. Las heridas infligidas por años de retórica divisoria no se curan de la noche a la mañana. Se requiere un esfuerzo consciente por parte de todos los actores políticos para reconstruir el tejido social, promover el diálogo y desterrar el odio del discurso público. La política no debe ser un campo de batalla, sino un espacio para el debate constructivo, donde las diferencias se resuelvan con argumentos, no con balas.
Reconstruir el lenguaje público es una tarea urgente. Debemos recuperar el valor de las palabras, utilizarlas para construir puentes en lugar de muros, para sanar heridas en lugar de infligirlas. La responsabilidad recae en todos nosotros: líderes políticos, periodistas, ciudadanos. Debemos rechazar el discurso del odio en todas sus formas, promover la empatía y la comprensión, y construir un futuro donde la convivencia pacífica sea la norma, no la excepción. El silencio ante el odio es complicidad. Es hora de alzar la voz y decir: ¡Basta!
Fuente: El Heraldo de México