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17 de junio de 2025 a las 09:40

Descubre el Lado Oscuro

La fascinación por el lado oscuro del ser humano, por la perversión que se esconde tras una fachada de normalidad, ha encontrado en el true crime un terreno fértil para su expansión. Ya no se trata de un simple interés morboso, sino de una auténtica cultura que se manifiesta en series, podcasts, películas, libros e incluso objetos coleccionables. Nos horrorizamos, sí, pero al mismo tiempo nos atraemos irremediablemente hacia estas historias de depravación, como polillas a la luz de una farola en la noche. Y en este macabro escenario, la fotografía, ese instrumento que tradicionalmente asociamos con la belleza y la luz, adquiere un significado profundamente perturbador.

La cámara, en manos de asesinos seriales como Rodney Alcala, Christopher Wilder, Bruce McArthur o Dennis Rader, se convierte en una extensión de su perversidad, en una herramienta para perpetuar el horror. Las miles de fotografías encontradas entre las pertenencias de Alcala, algunas de las cuales sirvieron para identificar a víctimas desaparecidas, nos confrontan con la dualidad inherente a la lente: capaz de capturar la belleza, pero también de documentar la más abyecta crueldad. Wilder, el "Snapshot Killer", utilizaba la promesa de una carrera en el modelaje para atraer a sus víctimas, transformando la cámara en un instrumento de engaño y muerte. McArthur fotografiaba los cuerpos sin vida de sus víctimas, un acto que trasciende la mera documentación y se convierte en una macabra ceremonia de posesión. Rader, "BTK", no sólo fotografiaba a sus víctimas, sino que se autorretrataba con ellas, en una grotesca puesta en escena de su poder y control.

Estos ejemplos, que podrían multiplicarse con nombres como Harvey Glatman, Jeffrey Dahmer o Ed Kemper, nos muestran cómo la fotografía, en manos de estos depredadores, se convierte en un elemento clave de su ritual criminal. Las imágenes, oscilando entre la categoría de "lost media" y las fotografías forenses que eventualmente se hacen públicas, adquieren un significado que va más allá de la simple representación. Son trofeos, fetiches, documentos que atestiguan la deshumanización de las víctimas, reducidas a meros objetos bajo el control absoluto del asesino.

La necesidad de control visual se entrelaza con la dominación brutal. La fotografía se convierte en una forma de poseer a la víctima, de congelar el momento de su sometimiento y conservarlo como un perverso recuerdo. Es una irónica paradoja: la imagen, que busca inmortalizar, se convierte en testimonio de la aniquilación del otro.

No siempre somos conscientes del poder simbólico que reside en una fotografía. En el caso de estos asesinos seriales, ese poder se amplifica, se distorsiona, se convierte en una expresión tangible de su perversión. La imagen deja de ser un reflejo de la realidad para transformarse en un instrumento de control, dominación y, en última instancia, deshumanización. Un recordatorio escalofriante de la oscuridad que puede ocultarse tras la lente. Un recordatorio, también, de la importancia de comprender el poder de las imágenes y de utilizarlas con responsabilidad, lejos de la perversión y la crueldad.

Fuente: El Heraldo de México