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16 de junio de 2025 a las 21:05

Miedo al doctor: ¿Por qué lo evitamos?

El malestar que se instala en el cuerpo con la enfermedad, muchas veces se refleja con igual o mayor intensidad en la mente. Esa incertidumbre ante lo desconocido, la preocupación por el futuro, el temor a lo que pueda revelar el diagnóstico… Todo ello teje una red de ansiedad que puede llegar a paralizar. Imaginen la angustia de sentir un dolor persistente, un síntoma inexplicable, y no atreverse a buscar ayuda. No por falta de deseo de sanar, sino por un miedo profundo, casi irracional, a la figura del médico, al entorno hospitalario. Hablamos de la latrofobia, un temor que va más allá de la simple aprensión a las agujas o a los resultados de un análisis.

La latrofobia se manifiesta como una aversión intensa e injustificada hacia los profesionales de la salud. No se trata de una simple incomodidad, sino de un pánico que puede llegar a ser incapacitante. Mientras que algunas personas pueden experimentar un ligero nerviosismo al acudir al médico, quienes padecen latrofobia viven una auténtica pesadilla. La sola idea de entrar en una consulta, de someterse a una exploración, incluso de hablar con un enfermero, les genera un estado de ansiedad extrema. Esto puede llevarles a evitar cualquier contacto con el sistema sanitario, incluso cuando su salud está en riesgo. Posponen las citas, ignoran los síntomas, se automedican con remedios caseros, cualquier cosa con tal de no enfrentarse a su terror.

Este miedo puede manifestarse de diversas formas. Algunos pacientes experimentan palpitaciones, sudoración excesiva, temblores, náuseas e incluso ataques de pánico ante la perspectiva de una visita médica. Otros, en casos más extremos, pueden llegar a desmayarse o sufrir una crisis nerviosa en el mismo consultorio. Esta situación, a menudo incomprendida por su entorno, les aísla aún más y dificulta su acceso a la atención sanitaria que necesitan.

La latrofobia, como cualquier fobia, tiene sus raíces en experiencias pasadas, muchas veces relacionadas con la infancia. Un mal recuerdo asociado a un médico, un tratamiento doloroso, la pérdida de un ser querido en un hospital… Estos eventos pueden dejar una huella profunda en el subconsciente, generando una asociación negativa con el ámbito sanitario. También influyen factores como la predisposición genética a la ansiedad, un ambiente familiar sobreprotector o experiencias traumáticas no relacionadas directamente con la medicina.

Afortunadamente, la psicología ofrece herramientas para combatir este miedo paralizante. La terapia cognitivo-conductual, por ejemplo, ayuda a identificar y modificar los pensamientos irracionales que alimentan la fobia. A través de la reestructuración cognitiva, el paciente aprende a cuestionar sus miedos, a sustituirlos por pensamientos más realistas y adaptativos. La desensibilización sistemática, por otro lado, consiste en una exposición gradual a los estímulos que generan ansiedad, combinada con técnicas de relajación. De esta manera, se va reduciendo la intensidad del miedo hasta que deja de ser un obstáculo. En algunos casos, la terapia puede complementarse con medicación para controlar los síntomas de ansiedad.

Superar la latrofobia es un proceso que requiere tiempo, paciencia y el apoyo de un profesional. Es fundamental que quienes la padecen comprendan que no están solos y que existe una salida. Buscar ayuda psicológica es el primer paso para romper el círculo vicioso del miedo y recuperar el control sobre su salud. Romper el silencio, hablar abiertamente del problema, es esencial para derribar el estigma que rodea a las enfermedades mentales y facilitar el acceso al tratamiento. Recordemos que la salud no solo se cuida con medicamentos, sino también con el bienestar emocional.

Fuente: El Heraldo de México