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16 de junio de 2025 a las 09:50

Domina el estrés y factura

La advertencia del presidente Eisenhower sobre el complejo militar-industrial resuena con fuerza en el siglo XXI. No se trata solo de la influencia en las políticas públicas de Estados Unidos, sino de un fenómeno global que entrelaza poder militar, económico y político, tejiendo una red de intereses opacos que escapan al escrutinio público. Esta intrincada relación, a menudo secreta, moldea decisiones cruciales que afectan el futuro de todos, desde el tipo de energía que consumimos hasta la posibilidad misma de la paz.

El ejemplo del estancamiento en la transición hacia energías alternativas es paradigmático. ¿Cómo es posible que, ante la evidencia del cambio climático y la urgencia de buscar fuentes sostenibles, la industria de los combustibles fósiles siga marcando el paso? La respuesta, incómoda pero ineludible, reside en los intereses económicos de una minoría poderosa. Estos intereses, disfrazados de argumentos de seguridad nacional o estabilidad económica, perpetúan un modelo energético obsoleto y peligroso.

A lo largo de la historia, las guerras y las agresiones se han justificado con narrativas grandilocuentes que ocultan la cruda realidad de la ambición y el lucro. Desde las cruzadas hasta las intervenciones contemporáneas, se invoca la defensa de la civilización, la democracia o incluso la voluntad divina para legitimar la violencia. Hoy, en un contexto de creciente banalización de las justificaciones, asistimos a la escalada de tensiones en Oriente Medio. La agresión "preventiva" de Israel contra Irán se presenta como una medida necesaria para evitar una amenaza inminente, pero ignora la propia capacidad destructiva de Israel y su historial de intervenciones militares.

Cuando Irán responda, inevitablemente, será condenado por Occidente, mientras que internamente se justificará como una respuesta legítima a la agresión israelí. Este ciclo de violencia, alimentado por los intereses del complejo militar-industrial, parece no tener fin. Desde la distancia geográfica de Latinoamérica, podemos caer en la tentación de pensar que este conflicto nos es ajeno. Sin embargo, las consecuencias, desde el aumento del precio de la gasolina hasta la inestabilidad global, nos alcanzan a todos.

El asesinato de Isaac Rabin en 1995 marcó un punto de inflexión en el conflicto palestino-israelí. No solo truncó el proceso de paz, sino que allanó el camino para la llegada al poder de Benjamín Netanyahu, quien ha desmantelado sistemáticamente cualquier posibilidad de una solución negociada. La tensión permanente en la región se ha convertido en el leitmotiv de la política israelí, consolidando su alianza estratégica con Washington y perpetuando el sufrimiento de generaciones enteras.

La visión que tenemos en Occidente de Irán, un país de más de 90 millones de habitantes, está distorsionada por la propaganda y los prejuicios. Se acusa a Irán de buscar armas nucleares, mientras se ignora el arsenal atómico de Israel y su negativa a firmar el Tratado de No Proliferación Nuclear. La hipocresía de esta doble moral es evidente. Mientras una de las partes posee cientos de armas nucleares, se ataca a la otra por la mera posibilidad de desarrollar una.

La paz no puede construirse sobre la amenaza de la destrucción mutua. La ausencia de árbitros imparciales y la primacía de los intereses del complejo militar-industrial hacen difícil albergar esperanzas de una solución pacífica. La siembra de odio y la lógica de la guerra como negocio perpetúan un ciclo de violencia que amenaza con extenderse a otras regiones del mundo. Es necesario romper este círculo vicioso y construir un futuro basado en el diálogo, la cooperación y el respeto a la soberanía de todos los pueblos.

Fuente: El Heraldo de México