15 de junio de 2025 a las 21:05
El hambre que enfurece: ¿Mito o realidad?
¿Alguna vez has sentido ese rugido en tu estómago que te transforma, casi sin darte cuenta, en una versión irritable de ti mismo? No estás solo. Ese gruñido, aparentemente inocente, puede ser el preludio de una tormenta emocional, una irritabilidad que a veces nos cuesta comprender y controlar. A menudo lo asociamos con un simple mal humor, pero la realidad es mucho más compleja y fascinante. El hambre, esa necesidad básica de nuestro organismo, está intrínsecamente ligada a nuestras emociones y a nuestra capacidad cognitiva, mucho más de lo que imaginamos.
Imaginen por un momento: llevan horas inmersos en el trabajo, concentrados en una tarea importante, y de repente, una punzada en el estómago. Al principio la ignoran, pero la sensación se intensifica, se transforma en una molestia persistente que les impide concentrarse. La frustración empieza a crecer, la paciencia se agota y cualquier pequeño inconveniente se convierte en un detonante de ira. ¿Les suena familiar? Esto se debe a que el hambre no es solo una necesidad fisiológica, sino que desencadena una serie de reacciones en nuestro cerebro que afectan directamente a nuestro estado de ánimo.
El académico Hugo Sánchez Castillo, de la Facultad de Psicología de la UNAM, lo explica con claridad: la falta de alimento genera un estrés fisiológico por la falta de energía, una sensación que escapa a nuestro control. Nuestro cuerpo nos envía señales de alarma, demandando el combustible que necesita para funcionar correctamente. Si estas señales son ignoradas, la frustración se intensifica, pudiendo llegar a manifestarse como ira, pánico o incluso desmayos por hipoglucemia, especialmente en situaciones de vulnerabilidad o estrés añadido.
Pero el hambre no solo nos afecta a nivel emocional, también impacta en nuestra capacidad cognitiva. Según Sánchez Castillo, "literalmente, el hambre ocupa gran parte de nuestra capacidad cognitiva". Pensar con claridad, tomar decisiones acertadas, incluso mantener la concentración, se vuelve una tarea titánica cuando nuestro cuerpo reclama energía. Es como si el cerebro entrara en modo de supervivencia, priorizando la búsqueda de alimento por encima de cualquier otra función.
La relación entre el hambre y nuestras preferencias alimenticias también es un tema fascinante. El "círculo de la recompensa", ese mecanismo que nos motiva a repetir comportamientos placenteros, juega un papel crucial. Cuando comemos algo que nos gusta, nuestro cerebro libera dopamina, generando una sensación de bienestar que nos impulsa a buscar ese alimento nuevamente. De esta manera, nuestras preferencias alimentarias se van moldeando a lo largo de nuestra vida, influenciadas por nuestras necesidades nutricionales y por las experiencias sensoriales asociadas a cada alimento.
Por otro lado, la aversión a ciertos sabores, a menudo amargos, se debe a un mecanismo de defensa evolutivo. Nuestro cerebro asocia estos sabores con posibles toxinas o alimentos en mal estado, protegiéndonos de posibles intoxicaciones. Es una muestra más de la compleja interacción entre nuestro organismo, nuestro entorno y nuestras emociones.
En definitiva, la próxima vez que sientan ese rugido en el estómago, recuerden que no se trata solo de hambre. Es una compleja sinfonía de reacciones fisiológicas, emocionales y cognitivas que nos recuerda la importancia de escuchar a nuestro cuerpo y atender sus necesidades. Una alimentación adecuada no solo nos proporciona energía, sino que también contribuye a nuestro bienestar emocional y a nuestra capacidad para afrontar los desafíos del día a día.
Fuente: El Heraldo de México