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14 de junio de 2025 a las 09:20
¡Deja de ofenderte!
La supuesta defensa de la libertad de expresión frente a lo que algunos denominan "la tiranía de lo políticamente correcto" se ha convertido en un escudo retórico, un mantra repetido hasta la saciedad por quienes, en realidad, buscan silenciar las voces disidentes que osan desafiar las estructuras de poder. No se trata de una lucha contra la censura, sino de una estrategia para deslegitimar las denuncias de injusticia, para acallar a quienes señalan los privilegios y las desigualdades que persisten en nuestra sociedad. El malestar que genera la movilización de los marginados, su lucha por el reconocimiento y la igualdad, es la verdadera raíz del conflicto.
El término "ofendiditos", utilizado con una condescendencia que roza el desprecio, se ha convertido en un arma arrojadiza contra aquellos que se atreven a alzar la voz. Se acusa de hipersensibilidad, de susceptibilidad exagerada, a quienes denuncian el racismo, el machismo, la homofobia o cualquier otra forma de discriminación. Se ridiculiza su dolor, se minimiza su experiencia, se les acusa de victimizarse. Pero lo que realmente se busca es invertir la carga de la prueba, desviar la atención del problema real: la violencia estructural que perpetúa la desigualdad.
El discurso de los "ofendiditos" es una falacia que pretende presentarnos a las víctimas como victimarios. Se nos dice que la verdadera amenaza a la libertad de expresión no es la censura impuesta por el poder, sino la supuesta intolerancia de quienes exigen justicia. Se construye un relato en el que los privilegiados son las víctimas, perseguidos por una turba enfurecida que busca imponer su ideología. Esta narrativa, hábilmente construida y difundida a través de los medios de comunicación y las redes sociales, ha calado hondo en la sociedad, generando un clima de polarización y desconfianza.
Es importante desmontar esta falacia, analizar con rigor los argumentos que se esconden tras la retórica de los "ofendiditos". No se trata de negar la importancia de la libertad de expresión, sino de entender que esta no puede utilizarse como pretexto para silenciar las voces de los oprimidos. La libertad de expresión no es un derecho absoluto, y no puede amparar el discurso del odio, la discriminación o la violencia.
El debate público debe estar abierto a todas las voces, pero no todas las voces tienen el mismo peso. No es lo mismo la opinión de quien goza de privilegios que la de quien sufre las consecuencias de la opresión. Es necesario tener en cuenta el contexto, las desigualdades de poder, las experiencias vividas. No se puede hablar de libertad de expresión sin hablar de justicia social. La verdadera amenaza a la libertad de expresión no son los "ofendiditos", sino quienes utilizan el poder para silenciar las voces críticas y perpetuar la desigualdad. Es hora de desenmascarar esta farsa y defender el derecho a la protesta, el derecho a la indignación, el derecho a la justicia.
Fuente: El Heraldo de México