9 de junio de 2025 a las 22:25
Confesión impactante: Hijo mata a su madre anciana
La confesión de Fernando Albareda ha sacudido a Córdoba casi un año después del brutal asesinato de su madre, Susana Montoya. Desde la cárcel de Bouwer, Albareda ha decidido romper el silencio, no para excusarse, según afirma, sino para que se conozca la verdad, la historia completa detrás de una tragedia que conmocionó a la sociedad. Sus palabras pintan un cuadro desgarrador de una vida marcada por el sufrimiento, el abandono y el abuso. "No soy un asesino", declara, "pero mi vida fue una cadena de abusos y abandono".
Albareda describe una infancia desprovista de amor y protección maternal. Internados en instituciones de menores, maltratos, abusos… y la figura de su madre, no como un refugio, sino como una facilitadora de su tormento, firmando documentos que prolongaban su estadía en esos lugares. Un trauma que se suma a la desaparición de su padre, Ricardo Fermín Albareda, secuestrado, torturado y desaparecido, una herida abierta que, según él, su madre nunca le ayudó a sanar. "Todavía estoy atrapado en esa noche", confiesa, refiriéndose a la noche del crimen. "No sé si lo que hice estuvo bien o mal". La incertidumbre lo atormenta, la duda lo corroe. Un millón de pesos mexicanos, una indemnización de 76 millones de pesos argentinos, se erige como el detonante de la tragedia. Una promesa rota, una herencia desviada hacia su hermano, la gota que derramó el vaso de una vida llena de amargura y resentimiento. Una discusión acalorada, la rabia contenida durante años, y la tragedia se desató.
La imagen de Susana Montoya, una anciana atacada en el patio de su casa, estrangulada con una soga, golpeada con piedras y ladrillos, y finalmente apuñalada en el cuello, es estremecedora. El intento de incinerar el cuerpo, la amenaza falsa escrita en la pared para simular un incendio, son detalles que dibujan la escena de un crimen brutal, pero también de una mente perturbada, desesperada por ocultar las huellas de un acto impulsivo, quizás, o tal vez premeditado, como argumenta la fiscalía.
Juan Pablo Klinger, fiscal a cargo del caso, sostiene que el crimen fue planeado. La ausencia del hermano, el auto estacionado a varias cuadras de la vivienda… cada detalle es una pieza en el rompecabezas que la fiscalía construye para demostrar la premeditación. La elección del momento, la cautela para evitar ser identificado, apuntan a una mente fría y calculadora, en contraste con la imagen de un hombre atormentado por su pasado que intenta presentar Albareda.
El juicio se acerca, y con él, la promesa de desentrañar la verdad. ¿Fue un acto impulsivo motivado por una vida de sufrimiento? ¿O un crimen fríamente calculado? La justicia tendrá la última palabra. Mientras tanto, la confesión de Fernando Albareda abre un debate sobre las consecuencias del trauma, del abandono y la violencia familiar. Un debate incómodo, pero necesario, para entender las raíces de la violencia y construir una sociedad más justa y compasiva. ¿Podrá la verdad, sea cual sea, ofrecer algún consuelo a las víctimas de esta tragedia? El tiempo lo dirá.
Fuente: El Heraldo de México