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29 de mayo de 2025 a las 09:15
La maldición de la sangre
Elena Piedra irrumpe en la escena literaria con la furia contenida de un volcán a punto de erupcionar. "Una nota de fuego y nada más" no es una novela para leer con placididad, sino para enfrentarla con la misma crudeza con la que está escrita. Piedra nos lanza a la cara la pregunta incómoda, la que susurramos en la oscuridad: ¿qué sucede cuando la maternidad, ese supuesto refugio, se convierte en una prisión de la que no hay escape?
Fernanda, la protagonista, se mueve como una sonámbula a través de un laberinto de mujeres heridas. Madres, abuelas, tías, primas… Un coro de fantasmas que repiten la letanía del dolor, una herencia envenenada que se transmite de generación en generación. La casa familiar en Coyoacán, escenario principal de la novela, se convierte en un símbolo opresivo. Sus muros guardan secretos y silencios, y los afectos, lejos de ser un bálsamo, se transforman en grilletes. La imagen de Fernanda planeando la inmolación de ese espacio y de las mujeres que lo habitan, no es una metáfora, sino una declaración de guerra. Un grito desesperado por romper las cadenas de un linaje que la ahoga.
Piedra no busca la redención, sino la disección. Con precisión quirúrgica, explora las entrañas de la violencia heredada. El fuego, omnipresente en la novela, deja de ser un elemento abstracto para convertirse en la única salida posible. No se trata de un castigo, sino de una purificación, de una necesidad visceral de aniquilar el pasado para poder imaginar un futuro.
La prosa de Piedra es un arma afilada. Concisa, directa, sin concesiones. Cada frase impacta como un latigazo. Hay ecos de Enríquez y Melchor, sí, pero Piedra construye su propia voz, una voz contenida, como si las palabras lucharan por salir a la fuerza. Si bien la novela adolece de ciertas irregularidades propias de una ópera prima – el final, anunciado desde el título, se desinfla un poco en su ejecución realista, y las cartas a la madre, junto con los fragmentos con el nombre de la protagonista, no terminan de encajar del todo en la estructura narrativa – la potencia de su voz es innegable. La obra, sin embargo, necesita algo más de cocción, de maduración.
"Una nota de fuego y nada más" desafía el mito romántico de la maternidad. Desnuda la toxicidad de los silencios heredados y la forma en que los mandatos de género pueden convertirse en una condena. Piedra, al igual que Shiver en "Debemos hablar de Kevin", se atreve a romper el tabú, a cuestionar la sacralidad de la maternidad y a explorar la posibilidad de un amor materno ausente o, incluso, perverso. Piedra va más allá y pone en tela de juicio el propio concepto de matriarcado, presentándolo no como un refugio, sino como fuente de opresión.
Esta novela no es una lectura cómoda. Incomoda, provoca, deja una sensación de ardor en la piel. Pero en esa incomodidad reside su fuerza. Piedra nos ofrece una visión descarnada de la realidad, una verdad que quema, pero que al mismo tiempo ilumina. Con su prosa afilada y poética, Elena Piedra se posiciona como una voz nueva y poderosa en la literatura mexicana del siglo XXI. Una voz que se atreve a decir lo indecible: que no todas las historias merecen ser contadas, y que algunas, simplemente, necesitan arder. Una novela que invita a la reflexión sobre la violencia, la herencia y el poder transformador del fuego, tanto para destruir como para renacer. Una obra que, a pesar de sus imperfecciones, anuncia la llegada de una autora con mucho que decir.
Fuente: El Heraldo de México