29 de mayo de 2025 a las 09:35
El apoyo invisible: Cuidando a nuestros cuidadores.
Imaginen por un momento a nuestros ancestros, hace miles de años, luchando por la supervivencia en un mundo hostil. La vida, precaria y efímera, pendía de un hilo. En ese contexto, un fémur roto no era una simple lesión, era una sentencia de muerte. Abandonados a su suerte, los heridos perecían rápidamente, víctimas de la inclemencia del entorno y la imposibilidad de valerse por sí mismos. Pero algo cambió. En algún punto de nuestra evolución, surgió un destello de humanidad: el cuidado. Alguien, desafiando los instintos más primarios, decidió quedarse. Atender al herido, proporcionarle alimento y cobijo, protegerlo de los peligros. Ese simple acto, según la antropóloga Margaret Mead, fue el verdadero inicio de la civilización. No las herramientas, no el fuego, sino la compasión, la empatía, la capacidad de ver en el otro un ser vulnerable que merece ser protegido.
Este relato, aparentemente sencillo, encierra una profunda verdad sobre nuestra naturaleza. Somos seres sociales, interdependientes. Nuestra supervivencia, nuestro desarrollo, nuestra felicidad, dependen del cuidado que recibimos y que ofrecemos. Desde la infancia, cuando somos completamente dependientes, hasta la vejez, cuando nuestras fuerzas declinan, necesitamos del apoyo de otros. Y a lo largo de la vida, en momentos de enfermedad, de vulnerabilidad, el cuidado se convierte en un pilar fundamental para nuestro bienestar.
Sin embargo, a pesar de su importancia vital, el cuidado ha sido históricamente relegado a la esfera privada, invisibilizado, desvalorizado. Una carga que ha recaído, mayoritariamente, sobre las mujeres, quienes han asumido la responsabilidad de cuidar de niños, enfermos, personas mayores, a menudo sin reconocimiento ni apoyo. Este desequilibrio no solo perpetúa la desigualdad de género, sino que también limita el desarrollo pleno de las sociedades. Una sociedad que no cuida de sus miembros más vulnerables es una sociedad incompleta, que renuncia a su potencial humano.
Es por ello que la iniciativa de la Ciudad de México de crear un Sistema Público de Cuidados representa un paso fundamental hacia un futuro más justo y equitativo. La puesta en marcha de espacios dedicados al cuidado de niños, personas mayores y personas con discapacidad, así como la provisión de servicios como lavandería y comedores, no solo alivia la carga de las familias, sino que también reconoce el valor social del cuidado. Es un reconocimiento de que el cuidado no es un asunto privado, sino una responsabilidad colectiva que debe ser asumida por el Estado.
Pero la Ciudad de México no puede ser una isla. Necesitamos un Sistema Nacional de Cuidados, un sistema que garantice el derecho al cuidado digno para todas las personas en situación de dependencia, en todo el país. Un sistema basado en la universalidad, para que el acceso al cuidado no dependa de la capacidad económica de las familias; en la corresponsabilidad, para que la tarea de cuidar sea compartida equitativamente entre hombres y mujeres, entre el sector público y el privado; y en el reconocimiento del trabajo de cuidados, tanto remunerado como no remunerado, como una actividad esencial para el bienestar de la sociedad.
Este es un llamado a la acción, a la construcción de un nuevo horizonte moral. Un horizonte donde el cuidado sea valorado como el pilar fundamental de la civilización que es. Un horizonte donde la empatía, la solidaridad y la responsabilidad compartida nos permitan construir una sociedad más justa, más humana, más digna para todos. Cuidar es civilizar, y civilizar es construir un futuro donde nadie quede atrás, donde todos tengamos la oportunidad de vivir una vida plena, con el apoyo y el cuidado que necesitamos. Este es el camino hacia un México mejor, un México donde el bienestar sea un derecho, no un privilegio.
Fuente: El Heraldo de México