28 de mayo de 2025 a las 09:30
México: ¿Víctimas sin justicia?
La tragedia de los niños y jóvenes reclutados por el crimen organizado en México nos golpea con la crudeza de una herida abierta. No podemos seguir mirando hacia otro lado mientras la infancia, ese espacio sagrado de sueños y juegos, es profanada por la violencia y la desesperanza. Las estadísticas de deserción escolar y la fragmentación familiar, aunque atenuadas por los programas sociales, siguen siendo un grito silencioso que nos interpela como sociedad. Si bien las becas y los apoyos alimentarios son un paliativo necesario, no son suficientes. Necesitamos ir más allá de la asistencia, necesitamos construir un futuro real para estos jóvenes.
La desigualdad, esa bestia voraz que se alimenta de la exclusión, sigue acechando en cada esquina. Y es precisamente en esas grietas de la marginación donde el crimen organizado encuentra su caldo de cultivo. Ofrece lo que el Estado no ha podido brindar: un sentido de pertenencia, una identidad, aunque sea construida sobre la base del miedo y la violencia. Jóvenes sin oportunidades, sin horizontes, ven en el sicariato una salida, una forma de supervivencia en un mundo que les ha dado la espalda. El fenómeno, tristemente, no es exclusivo de México. La historia de América Latina está plagada de ejemplos similares, desde los niños soldados de las FARC en Colombia hasta los meninos de rua en Brasil. El patrón se repite: abandono, reclutamiento, violencia, muerte.
La solución no es sencilla, pero el primer paso es reconocer la magnitud del problema y asumir nuestra responsabilidad como sociedad. No podemos delegar la tarea únicamente al gobierno. Necesitamos una transformación profunda que involucre a todos: familias, escuelas, comunidades, organizaciones civiles, artistas, intelectuales. Debemos tejer una red de contención que proteja a nuestros niños y jóvenes de las garras del crimen.
La educación es la piedra angular de esta transformación. No me refiero solo a la educación académica, sino a la formación integral en valores: el respeto, la solidaridad, la honestidad, el amor por la vida. Necesitamos inculcar en nuestros jóvenes un sentido de propósito, una ética que les permita resistir las tentaciones del dinero fácil y la violencia.
El acceso a la cultura y el arte es fundamental. Un niño que lee, que pinta, que canta, que baila, es un niño que desarrolla su sensibilidad, su creatividad, su capacidad de asombro. Es un niño que construye un mundo interior rico y complejo, un mundo que le permite resistir la barbarie. El deporte también juega un papel crucial, no solo por los beneficios físicos, sino por los valores que promueve: la disciplina, el trabajo en equipo, la perseverancia.
Es imperativo implementar una política nacional de orientación vocacional que ofrezca a los jóvenes un abanico de posibilidades reales y dignas. No podemos esperar que elijan un camino si no les mostramos las opciones. Deben saber que existen alternativas al crimen, que pueden construir un futuro próspero y honesto con sus propias manos.
Incluso en las Fuerzas Armadas, institución fundamental para la seguridad del país, es necesario replantear los criterios de reclutamiento. No basta con la fuerza física, se requiere una vocación de servicio genuina, un compromiso ético inquebrantable, un amor profundo por la Nación. Formar soldados no es entrenar máquinas de matar, es formar ciudadanos responsables, comprometidos con la defensa de la vida y la justicia.
La reconstrucción de México comienza con la reconstrucción de su infancia y su juventud. No son causas perdidas, son causas urgentes. Mientras sigamos ignorando el clamor de nuestros niños y jóvenes, seguiremos perdiéndolos en las manos del crimen, de la indiferencia, de la muerte. Es tiempo de que los olvidados dejen de serlo. Es tiempo de que México se mire en sus ojos y se vea digno. Un México que cuida a sus niños es un México que empieza a salvarse a sí mismo.
Fuente: El Heraldo de México