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28 de mayo de 2025 a las 20:35

Desacelera y vive.

¿Te has dado cuenta de cuántas veces al día miras tu celular? ¿Cuántas notificaciones revisas, cuántos correos electrónicos respondes, cuántas publicaciones consumes sin siquiera detenerte a pensar si realmente te aportan algo? Vivimos inmersos en un torbellino de información y estímulos que nos mantienen en un estado constante de alerta, de hiperconexión, que nos roba la capacidad de concentrarnos, de reflexionar, de simplemente ser. Nos hemos convertido en esclavos de la inmediatez, en autómatas que reaccionan a cada pitido, a cada vibración, sin cuestionar si ese ritmo frenético nos está llevando realmente a donde queremos ir.

El síndrome de la vida ocupada, como bien lo describe el texto, no es simplemente estar ocupado, es una adicción, una necesidad imperiosa de llenar cada minuto del día con alguna actividad, con la falsa creencia de que estar ocupado es sinónimo de ser productivo, de ser importante. Pero, ¿de qué sirve llenar nuestra agenda si nos vaciamos por dentro? Nos afanamos en acumular tareas, compromisos, responsabilidades, como si la cantidad fuera sinónimo de calidad, como si el valor de nuestra vida se midiera en la cantidad de cosas que hacemos, en lugar de la calidad de lo que somos.

Byung-Chul Han, con su brillante análisis de la sociedad del cansancio, nos alerta sobre esta autoexplotación, sobre esta presión interna que nos impone la idea de que siempre podemos más, de que debemos rendir al máximo, de que el descanso es sinónimo de debilidad. Nos hemos convertido en nuestros propios verdugos, en jueces implacables que nos exigen una productividad constante, sin darnos cuenta de que ese ritmo insostenible nos está llevando al borde del colapso, tanto físico como mental.

Y es aquí donde la sabiduría de Carlos Llano, con su "Viaje al centro del hombre", cobra una relevancia vital. Nos recuerda que el verdadero valor no está en el hacer, sino en el ser. Nos invita a mirar hacia adentro, a cultivar nuestra vida interior, a conectar con nuestra esencia, con aquello que nos define más allá de nuestras acciones, más allá de nuestra productividad. Nos invita a preguntarnos: ¿quién soy yo detrás de todas estas tareas? ¿Qué es lo que realmente me importa? ¿Qué me hace vibrar?

La pausa, ese espacio que tanto tememos, se convierte entonces en una necesidad imperiosa. No se trata de detener nuestra vida, sino de redireccionarla, de darle un sentido más profundo. Se trata de aprender a disfrutar del silencio, de la soledad, de la contemplación, de reconectar con la naturaleza, con nosotros mismos, con los demás, de una manera más auténtica, más presente.

¿Cómo empezar a incorporar la pausa en nuestra vida? No existen fórmulas mágicas, pero sí pequeños gestos que pueden marcar la diferencia:

  • Desconexión digital: Establece horarios para desconectarte de tus dispositivos. Apaga las notificaciones, silencia el celular, recupera el control de tu tiempo y de tu atención.
  • Respiración consciente: Dedica unos minutos al día a respirar profundamente, a conectar con tu cuerpo, a sentir el aire que entra y sale de tus pulmones. Es una herramienta sencilla pero poderosa para calmar la mente y reducir el estrés.
  • Contacto con la naturaleza: Sal a caminar, siéntate en un parque, observa las nubes, escucha el canto de los pájaros. Reconectar con la naturaleza nos ayuda a recuperar la perspectiva, a recordar que somos parte de algo más grande que nosotros mismos.
  • Cultiva un hobby: Dedica tiempo a alguna actividad que te guste, que te apasione, que te permita desconectar de tus obligaciones y conectar con tu creatividad.
  • Aprende a decir no: No tengas miedo a decir no a compromisos que no te aportan nada, que te roban energía y tiempo. Prioriza lo que realmente importa.

No se trata de renunciar a la productividad, sino de encontrar un equilibrio entre el hacer y el ser, entre la acción y la contemplación, entre la velocidad y la pausa. Se trata de recuperar el control de nuestra vida, de elegir conscientemente cómo queremos vivirla, de construir una vida más plena, más auténtica, más significativa. El camino no es fácil, pero la recompensa vale la pena. ¿Te animas a dar el primer paso?

Fuente: El Heraldo de México