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27 de mayo de 2025 a las 09:55

El Voto Perdido

La democracia, ese ideal tan pregonado, se enfrenta a menudo con la realidad de su implementación. El próximo domingo, la ciudadanía será llamada a las urnas, pero el camino hacia ellas está sembrado de obstáculos, no por accidente, sino por diseño. Se nos presenta un escenario donde la participación se convierte en una carrera de obstáculos, un laberinto burocrático que desincentiva la participación ciudadana.

El primer escollo lo encontramos en las candidaturas mismas. Un proceso de selección turbio ha dado como resultado una lista de aspirantes que, en muchos casos, deja mucho que desear. Se cuestiona su idoneidad, sus vínculos, sus historiales. La sombra de la duda se cierne sobre ellos, mientras que, paradójicamente, los perfiles más sólidos parecen provenir del tan criticado Poder Judicial. ¿Es esta una estrategia deliberada para minar la confianza en las instituciones? ¿Se busca desprestigiar a la judicatura al mismo tiempo que se la utiliza como fuente de candidatos "respetables"?

La segunda trampa reside en la ausencia de un marco de referencia claro. A diferencia de las elecciones tradicionales, donde los partidos políticos actúan como brújulas ideológicas, en esta ocasión nos encontramos a la deriva. Cada candidato navega en solitario, con recursos limitados y sin una plataforma común que permita al electorado comparar propuestas y tomar decisiones informadas. Esta atomización del discurso político dificulta la comprensión del panorama electoral y contribuye a la apatía generalizada.

Finalmente, las boletas electorales se erigen como el tercer obstáculo. Gigantescas, confusas, diseñadas para extraviar al votante en un mar de nombres y números. No se trata de un simple acto de marcar una casilla, sino de un complejo proceso de identificación y transcripción que puede resultar abrumador para muchos. La supuesta "ayuda" en forma de acordeones distribuidos por las autoridades no hace más que subrayar la complejidad del sistema y la desconfianza en la capacidad del ciudadano para ejercer su derecho al voto.

Estas tres trampas convergen en un único objetivo: la desmovilización. Se busca desalentar la participación ciudadana, creando un escenario tan complejo y confuso que el elector promedio prefiera quedarse en casa. Y en esta abstención forzada, quienes se benefician son aquellos con estructuras y recursos para movilizar a sus bases, aquellos que pueden sortear las trabas burocráticas y capitalizar la apatía general.

El resultado es un círculo vicioso donde la complejidad del sistema electoral favorece a los que ya tienen el poder, perpetuando un ciclo de desigualdad y desincentivando la participación ciudadana. La democracia se convierte en una pantomima, un ejercicio vacío de contenido donde el ciudadano se ve reducido a un mero espectador, ajeno a las decisiones que afectan su futuro. ¿Es este el futuro que queremos? ¿Una democracia de fachada donde el poder real reside en las sombras? La respuesta, como siempre, está en las manos del pueblo. Pero para ejercer ese poder, primero debemos superar las trampas que nos impiden llegar a las urnas.

Fuente: El Heraldo de México