27 de mayo de 2025 a las 09:55
El arte de la rebeldía
La escena, aún vibrante en la memoria de quienes la presenciaron, se desarrolla en el Faro Cosmos, un espacio habitualmente dedicado a la creación y la expresión artística. El Festival Arte/Acción, plataforma para la vanguardia y la exploración, se convierte en el escenario de un incidente que trasciende la mera performance y nos obliga a reflexionar sobre los límites de la libertad creativa y la importancia del consentimiento, especialmente cuando el cuerpo se convierte en lienzo y herramienta de expresión.
Xitlalli Treviño, artista en plena ejecución de su obra, se encontraba en una posición de vulnerabilidad, inmóvil y atada, entregada a la transmisión de su mensaje a través de la quietud y la contención. Es entonces cuando irrumpe Rocío Boliver, "La Congelada de Uva", figura reconocida en la escena artística. Su intervención, lejos de ser una colaboración acordada o un diálogo artístico previamente establecido, se transforma en una transgresión. Empujones, rotura de vestimenta, contacto físico no consentido e incluso la incitación al público a participar en esta dinámica no solicitada, se suceden ante la mirada atónita de los presentes.
Lo ocurrido no formaba parte de la obra de Treviño. No hubo diálogo previo, no hubo acuerdo, no hubo consentimiento. Y la ausencia de estos elementos, tan fundamentales en cualquier interacción humana, y más aún cuando se involucra el cuerpo y la vulnerabilidad, transforma la acción de Boliver en una violación del espacio personal y artístico de Treviño. El arte de acción, por su propia naturaleza, explora los límites del cuerpo y la expresión. Pero esta exploración no puede, bajo ninguna circunstancia, justificar la transgresión del consentimiento. La incomodidad, inherente a muchas expresiones artísticas, no puede confundirse con la invasión y la violencia.
El silencio posterior a la acción resulta casi tan perturbador como el acto mismo. La falta de intervención por parte de la organización del festival, la ausencia de una respuesta institucional clara y contundente, y el respaldo casi automático que algunas voces ofrecieron a Boliver, amparadas en su trayectoria, dibujan un panorama preocupante. Este silencio cómplice, esta reticencia a cuestionar las acciones de figuras reconocidas, perpetúa una cultura que normaliza la transgresión y dificulta la creación de espacios seguros para la expresión artística.
El caso de Xitlalli Treviño no es un hecho aislado. Forma parte de una conversación más amplia y urgente sobre los límites de la libertad creativa y la necesidad de incorporar la ética del cuidado en las prácticas artísticas, especialmente aquellas que utilizan el cuerpo como medio. ¿Hasta dónde llega la libertad de expresión? ¿Cuándo la provocación se convierte en violencia? ¿Cómo protegemos la vulnerabilidad del artista en un contexto que a menudo romantiza la transgresión?
La transgresión, en sí misma, no es negativa. Puede ser un motor de cambio, una herramienta para cuestionar normas y romper con lo establecido. Pero cuando la transgresión se construye sobre la falta de respeto, la invasión del espacio ajeno y la violencia, deja de ser arte y se convierte en un abuso de poder. No se trata de cancelar o censurar, sino de generar una reflexión profunda sobre las prácticas artísticas y la responsabilidad que conllevan. Se trata de construir un espacio donde el arte pueda florecer sin atropellar los derechos y la dignidad de las personas. Porque sin consentimiento, no hay arte. Hay violencia.
Fuente: El Heraldo de México