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26 de mayo de 2025 a las 09:35

Abraza tu rareza

Sumergirse en la soledad, ese espacio preciado donde los libros, la música y la propia compañía tejen una atmósfera de introspección, puede ser una experiencia reveladora. En ese silencio, donde los pensamientos fluyen libremente, una notificación, una simple alerta digital, puede ser el portal a un mundo de fascinación. Un nuevo episodio de un podcast predilecto, una voz que desgrana los entresijos del Primer Concilio de Nicea, y de pronto, la emoción se apodera de ti. Las palabras resuenan, las ideas se entrelazan y la necesidad de capturarlas, de atesorarlas en anotaciones bibliográficas, se vuelve imperiosa. Es en esos instantes, en esa efervescencia intelectual, cuando la propia singularidad se manifiesta con una fuerza inusitada. Uno se reconoce como un "bicho rarísimo", una etiqueta que, lejos de ser un estigma, se convierte en un distintivo, en una celebración de la individualidad.

Esta revelación, esta toma de consciencia de la propia rareza, no es un descubrimiento repentino, sino una constatación de una verdad latente. Es la aceptación de que lo que nos diferencia, lo que nos hace únicos, es precisamente nuestra mayor fortaleza. Durante años, muchos hemos intentado encajar en moldes preestablecidos, limando nuestras asperezas, ocultando nuestras peculiaridades, en un esfuerzo por mimetizarnos con el entorno, especialmente en el ámbito laboral. La presión por la uniformidad, por la adhesión a un canon de comportamiento, nos lleva a silenciar nuestras dudas, a reprimir nuestra verdadera esencia, en aras de la aceptación y el reconocimiento.

Esta búsqueda de la aprobación, de la validación externa, puede resultar en una victoria pírrica. Si bien puede allanar el camino hacia el éxito profesional, también puede conducir a una forma de invisibilidad, a una pérdida de identidad. Al ocultar nuestras rarezas, nuestras contradicciones, nuestras vulnerabilidades, renunciamos a la oportunidad de liderar desde nuestra autenticidad, desde la fuerza que emana de nuestro ser más profundo. El liderazgo genuino no se construye sobre la perfección, la certeza inquebrantable o la imagen de una fortaleza impenetrable, sino sobre la honestidad, la transparencia y la valentía de mostrarse tal como uno es, con todas sus imperfecciones y singularidades.

En mi caso, esa honestidad implica abrazar mis contradicciones, mi impaciencia crónica, mi necesidad de espacios de silencio y mi amor por el orden, la estética, la historia y la intuición. Estas características, que durante mucho tiempo consideré defectos, hoy las reconozco como parte integral de mi estilo, como los elementos que conforman mi identidad. Mi intuición, por ejemplo, se ha convertido en una guía invaluable, en una brújula interna que me orienta en la toma de decisiones.

Llegó un punto en que el esfuerzo por encajar en moldes ajenos se volvió insostenible, un desgaste energético que me impedía desplegar todo mi potencial. Renuncié a la idea de ser la jefa que todos esperaban y decidí ser la líder que realmente soy: una persona que escucha con atención, que reconoce sus errores, que canaliza su impaciencia hacia la acción, que entiende la empatía no como una debilidad, sino como una estrategia emocional poderosa, y que se apasiona tanto por los zapatos como por el Imperio Romano.

Liderar desde la propia rareza es un acto de liberación, tanto para uno mismo como para los demás. Al dejar de fingir, no solo optimizamos nuestro desempeño, sino que también inspiramos a otros a hacer lo mismo. La autenticidad ejerce una poderosa atracción. No nos enamoramos de la perfección, sino de las singularidades, de esos pequeños detalles que hacen a cada persona única e irrepetible. Nos cautiva el sentido del humor peculiar, las pequeñas obsesiones, las expresiones faciales que revelan la verdadera personalidad. Nos enamoramos de las rarezas, no de las virtudes.

El tiempo me ha enseñado que la efectividad, el respeto y la fortaleza no se derivan de la perfección, la simpatía o la dureza, sino de la presencia plena, de la capacidad de mostrarse con todas las capas que conforman la propia identidad, de poner al servicio del trabajo aquello que nos diferencia. Por eso, si te sientes "rara", "demasiado", "intensa", "inadecuada" o simplemente fuera de lugar, no te corrijas, no te reprimas. Explora esa singularidad, conviértela en tu arma secreta, en tu forma única de estar en el mundo. Lo que te hace rara, también te puede hacer inolvidable y extraordinariamente poderosa.

Fuente: El Heraldo de México