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24 de mayo de 2025 a las 14:55

Lujo y billetes: ¿dónde está Lyan?

La angustia se palpa en el aire. Cada minuto que pasa es una daga clavada en el corazón de la familia Hortúa Bonilla. La desaparición de su pequeño Lyan, de tan solo once años, ha dejado un vacío insoportable, una herida abierta que supura incertidumbre y dolor. Las imágenes del secuestro, captadas por una cámara de seguridad y difundidas con la velocidad de un rayo en redes sociales, han conmocionado a Colombia entera. El video, que muestra al niño descalzo, indefenso, arrebatado de la tranquilidad de su hogar en Jamundí, Valle del Cauca, es un puñal en la conciencia colectiva. La noche del 20 de mayo se transformó en una pesadilla. ¿Quiénes son los hombres que se lo llevaron? ¿Qué buscan? ¿Dónde está Lyan? Preguntas que retumban en los oídos de una nación que observa con horror e impotencia.

Inicialmente, la hipótesis apuntaba a un secuestro extorsivo. Una familia aparentemente próspera, el padrastro del niño mostrando una vida llena de lujos en TikTok, exhibiendo joyas deslumbrantes que, según él, extraía de las montañas colombianas. Sus videos, con miles de seguidores, pintaban la imagen de un empresario exitoso, conectado con la “esencia misma de la tierra colombiana”. Una narrativa que se desmorona a pedazos a medida que las investigaciones avanzan.

El brillo de las gemas se ha empañado, revelando una realidad mucho más oscura y compleja. La versión del próspero joyero se desvanece ante las sombras de un presunto vínculo con el narcotráfico. El nombre de Diego Rastrojo, un peso pesado del crimen organizado, emerge de las tinieblas. No se trataría de un simple secuestro extorsivo, sino del cobro de una deuda millonaria. Una deuda que, trágicamente, se estaría cobrando con la vida de un niño inocente.

La figura de Rastrojo, un fantasma del pasado que se niega a desaparecer, añade una capa de terror a esta historia. Condenado a 30 años de prisión en Estados Unidos por narcotráfico, su nombre sigue resonando en los bajos fondos del Valle del Cauca, extendiendo sus tentáculos hacia Ecuador y Venezuela. Desde su celda, se dice, continúa moviendo los hilos de su imperio criminal. ¿Es posible que, desde la distancia, haya ordenado el secuestro de Lyan?

La investigación se adentra en un laberinto de conexiones turbias, de secretos a voces y silencios cómplices. La familia Hortúa Bonilla, antes bajo el foco de la envidia por su aparente éxito, ahora se encuentra bajo el escrutinio público, obligada a enfrentar las consecuencias de un pasado que creían enterrado. El lujoso negocio de joyas, la “conexión única con la tierra colombiana”, se desdibuja ante la sospecha de un vínculo con el oscuro mundo del narcotráfico.

Mientras tanto, el tiempo corre en contra de Lyan. Cada tic-tac del reloj aumenta la desesperación. Colombia entera contiene la respiración, esperando un milagro, una noticia que traiga alivio y esperanza. La pregunta que todos nos hacemos es la misma: ¿Dónde está Lyan? Y la respuesta, por ahora, se pierde en la maraña de un caso que ha conmocionado al país y que nos recuerda la fragilidad de la vida y la larga sombra del crimen que aún se cierne sobre nosotros.

Fuente: El Heraldo de México