25 de mayo de 2025 a las 00:45
Esferas y Papá: Escápate a este Pueblo Mágico
Imagine un pueblo que renace de las cenizas, no una, sino dos veces. Tlalpujahua, Michoacán, es la viva imagen de la resiliencia. Primero, el esplendor minero, el oro y la plata fluyendo como ríos subterráneos, convirtiendo a esta pequeña villa en un imán de prosperidad a principios del siglo XX. Imaginen las calles bulliciosas, el tintineo de las herramientas, la promesa de fortuna brillando en los ojos de sus habitantes. El INAH, custodio de nuestra historia, guarda registro de esta época dorada, cuando las minas de Tlalpujahua se contaban entre las más productivas del país.
Pero la tierra, caprichosa y poderosa, tenía otros planes. En 1937, una tragedia golpeó con la fuerza de un huracán: la ruptura de una presa inundó el pueblo, sepultando sueños y esperanzas bajo el agua. Las minas, otrora fuente de riqueza, se convirtieron en tumbas de un pasado glorioso. Muchos se vieron obligados a abandonar su hogar, a buscar nuevos horizontes, principalmente en Estados Unidos, dejando atrás un pueblo herido, luchando por sobrevivir.
Y es aquí donde la magia de Tlalpujahua realmente comienza. De la adversidad, floreció la esperanza. Joaquín Muñoz Orta, un migrante que aprendió el arte de soplar vidrio en Chicago, regresó a su tierra natal con un tesoro más valioso que el oro: el conocimiento. Junto a su esposa, María Elena Ruiz Villagrán, convirtieron la fragilidad del vidrio en esferas brillantes, en pequeños universos de color que adornarían los árboles de Navidad, no solo de sus hogares, sino del mundo entero. ¿Quién podría imaginar que de la oscuridad de una mina inundada nacería la luz que hoy ilumina la Capilla Sixtina en el Vaticano con las esferas de Tlalpujahua?
Hoy, caminar por las calles empedradas de Tlalpujahua es un viaje en el tiempo. La majestuosidad de la Parroquia del Carmen, vigilando el pueblo desde lo alto, nos recuerda la fe inquebrantable de sus habitantes. La antigua Mina Las Dos Estrellas, silente testigo del pasado minero, nos permite asomarnos a la historia, mientras que el Museo Tecnológico Minero Siglo XIX nos relata con detalle la tragedia de 1937 y la transformación del pueblo.
Pero Tlalpujahua no solo vive del pasado. La naturaleza abraza al pueblo con la exuberancia de sus bosques y cascadas, invitando a los amantes del ecoturismo a explorar sus senderos. Y a poca distancia, un espectáculo aún más grandioso: la Reserva de la Biosfera de la Mariposa Monarca, donde millones de estas delicadas criaturas pintan el cielo de naranja y negro cada invierno. Desde el mirador del Cristo del Cerro del Gallo, la vista panorámica del valle es una postal que se graba en la memoria.
Y cómo no hablar de la gastronomía, ese lenguaje universal del alma. En Tlalpujahua, el sabor de Michoacán se expresa en cada bocado: corundas, uchepos, carnitas, acompañados de un reconfortante atole de pinole o guayaba. Y para endulzar el paladar, los tradicionales buñuelos, perfectos para las noches frías de la montaña.
Llegar a Tlalpujahua desde la Ciudad de México es sencillo. Si prefiere la comodidad de su propio auto, la autopista México-Toluca y la carretera federal 55 lo llevarán a su destino en poco más de dos horas. Si opta por el transporte público, la Terminal de Autobuses de Observatorio ofrece rutas a El Oro, desde donde un corto trayecto en taxi o camión lo dejará en el corazón de este Pueblo Mágico.
Tlalpujahua es más que un destino turístico; es una lección de vida. Es la prueba de que incluso en las circunstancias más difíciles, la creatividad y la perseverancia pueden transformar la tragedia en un futuro brillante. Es una invitación a descubrir la belleza que nace de la resiliencia, a contemplar el arte que florece de las cenizas, a vivir la magia de un pueblo que supo reinventarse para brillar con luz propia.
Fuente: El Heraldo de México