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23 de mayo de 2025 a las 09:35
SOS Gaza: Actúa Ahora
La sombra de la intolerancia se cierne sobre el mundo, manifestándose con crudeza en el conflicto palestino-israelí. Más allá de las fronteras de Oriente Próximo, la incapacidad de comprender al "otro" se extiende como una enfermedad, alimentando la polarización y el odio. El reciente ataque de Hamás y la respuesta israelí, desproporcionada e inhumana según muchos organismos internacionales, no son más que la punta del iceberg de un problema mucho más profundo: la erosión de la empatía en nuestras sociedades.
El discurso político, con su afán por simplificar la realidad en bandos irreconciliables, ha contribuido a esta peligrosa dinámica. La retórica nacionalista y etnonacionalista, que exalta la identidad propia a costa de demonizar al diferente, ha calado hondo en la opinión pública. El resultado es una sociedad fragmentada, incapaz de dialogar y de encontrar soluciones pacíficas a los conflictos.
En el caso del conflicto palestino-israelí, esta polarización se traduce en un apoyo incondicional a una u otra parte, sin matices ni cuestionamientos. Se ignora la complejidad de la situación, las raíces históricas del conflicto y el sufrimiento de ambas poblaciones. La deshumanización del enemigo se convierte en la norma, justificando cualquier tipo de violencia en su contra.
El bloqueo a Gaza, que ha llevado a cientos de miles de palestinos al borde de la hambruna, es un ejemplo estremecedor de esta falta de empatía. Mientras que Israel argumenta la necesidad de protegerse de Hamás, la comunidad internacional denuncia el castigo colectivo a la población civil. La advertencia de Estados Unidos sobre las "imágenes de hambruna" provenientes de Gaza, si bien ha forzado una ligera relajación del bloqueo, revela la frialdad con la que se maneja el sufrimiento humano.
La cerrazón de ambos bandos, su incapacidad de ceder y de encontrar un terreno común, hace temer lo peor. El deseo de aniquilación, expresado tanto por Hamás en su carta fundacional como por algunos sectores de la sociedad israelí, es un síntoma alarmante de la deshumanización del conflicto. Si no se produce un cambio radical en la mentalidad de los líderes y de la opinión pública, el futuro se presenta sombrío, con la amenaza de una escalada de violencia que podría tener consecuencias devastadoras para toda la región.
El destino de Palestina, como el de tantos otros pueblos oprimidos en el mundo, es un reflejo de nuestra propia incapacidad para construir un mundo más justo y compasivo. La indiferencia ante el sufrimiento ajeno, la normalización de la violencia y la ausencia de diálogo son los ingredientes de una receta que nos conduce irremediablemente hacia la barbarie.
La pregunta que debemos hacernos es: ¿hasta cuándo seguiremos mirando hacia otro lado? ¿Cuándo dejaremos de alimentar el odio y la división y empezaremos a construir puentes de entendimiento? El futuro de la humanidad depende de nuestra respuesta. La crisis en Gaza no es un conflicto lejano, es un espejo que refleja nuestra propia crisis moral. Es un llamado a la reflexión y a la acción, una oportunidad para recuperar la empatía perdida y construir un mundo donde la convivencia pacífica sea posible. No podemos permitir que la intolerancia y el odio triunfen. El tiempo se agota.
Fuente: El Heraldo de México