23 de mayo de 2025 a las 09:10
El sueño mexicano: ¿Mito o realidad?
México, un gigante dormido. Un país bendecido con una riqueza natural y cultural inmensa, una ubicación geográfica envidiable y una población vibrante y trabajadora. Su historia, sin embargo, es una narrativa de contrastes, una danza constante entre la promesa de grandeza y la realidad de un potencial desaprovechado. ¿Cómo es posible que una nación con tantos recursos siga luchando contra la desigualdad, la violencia y la dependencia económica?
La respuesta, lamentablemente, no es sencilla. No se trata de una sola causa, sino de una compleja red de factores históricos, políticos y sociales que han impedido que México alcance su pleno desarrollo. Desde el caudillismo del siglo XIX hasta el clientelismo actual, la historia del país está marcada por la subordinación del interés colectivo a los beneficios de unos pocos. El petróleo, por ejemplo, en lugar de ser la base de un desarrollo sostenible y equitativo, se convirtió en un botín para la corrupción y la mala gestión, dejando a Pemex, en la actualidad, como un gigante con pies de barro, incapaz de adaptarse a las nuevas realidades energéticas del siglo XXI.
Mientras el mundo avanza hacia la electromovilidad y las energías renovables, México sigue aferrado a un modelo obsoleto, invirtiendo en refinerías ineficientes en lugar de apostar por la innovación y la diversificación. Esta miopía estratégica no solo frena el crecimiento económico, sino que también profundiza la dependencia de los combustibles fósiles, con las consecuencias ambientales que ello conlleva.
La paradoja mexicana se agudiza aún más al observar el sector exportador. Si bien es cierto que México se ha consolidado como un actor importante en las cadenas globales de suministro, este logro se debe, en gran medida, al esfuerzo incansable de millones de emprendedores y trabajadores, no a una política industrial visionaria del Estado. Mientras los indicadores macroeconómicos pintan un panorama alentador, la realidad en muchas regiones del país es muy distinta: la pobreza persiste, la violencia se extiende y la migración se convierte en la única salida para miles de familias que buscan un futuro mejor.
Las remesas, esa dolorosa ironía, se han convertido en la segunda fuente de divisas del país, un testimonio palpable de la incapacidad del sistema para generar oportunidades dignas para su propia gente. México, en esencia, exporta su talento, su fuerza laboral, porque no sabe cómo retenerlo, cómo crear las condiciones necesarias para que sus ciudadanos prosperen en su propia tierra.
La dependencia económica de Estados Unidos y el creciente poder del narcotráfico son las anclas que impiden que el barco mexicano levante el ancla y navegue hacia aguas más prósperas. Sin embargo, no todo está perdido. México aún tiene la oportunidad de reescribir su historia. Cuenta con una juventud llena de energía y creatividad, una rica identidad cultural que puede proyectarse al mundo, acceso a mercados globales y una ciudadanía cada vez más informada y exigente.
La clave está en aprender del pasado, en romper con los vicios que han lastrado su desarrollo y en construir un proyecto de nación inclusivo y sostenible. La potencia que México no ha sido, aún puede ser. El futuro está en sus manos. Depende de los mexicanos, de su capacidad para unirse y trabajar juntos, forjar el destino que merecen.
Fuente: El Heraldo de México