23 de mayo de 2025 a las 02:20
Reino Unido: castración química para agresores sexuales
La sombra de la reincidencia se cierne sobre el sistema penitenciario británico, un espectro que el gobierno busca disipar con una medida tan polémica como esperanzadora: la castración química para delincuentes sexuales. Veinte prisiones se convierten en el crisol de este programa piloto, una apuesta arriesgada que combina la farmacología con la psicología en un intento por frenar los impulsos que conducen al delito. La ministra de Justicia, Shabana Mahmood, ha alzado la bandera de esta iniciativa, presentándola como una herramienta esencial para proteger a la sociedad y, al mismo tiempo, ofrecer una vía de rehabilitación a los agresores.
El cóctel propuesto se compone de inhibidores de la testosterona, fármacos diseñados para silenciar el deseo sexual, y un acompañamiento terapéutico que pretende desentrañar las raíces del comportamiento delictivo. No se trata solo de apagar el fuego, sino de comprender el origen de la chispa. Se exploran las dinámicas de poder, los problemas de control emocional, las experiencias pasadas que han moldeado una conducta antisocial. La promesa es tentadora: estudios internacionales, citados por el propio gobierno, sugieren una reducción de la reincidencia de hasta un 60%. Un porcentaje que, de confirmarse, aliviaría la presión sobre un sistema penitenciario al borde del colapso. Con más de 87.000 reclusos registrados en 2024, y un aumento preocupante de delitos sexuales en los últimos años, la necesidad de soluciones efectivas es acuciante.
Sin embargo, el camino hacia la rehabilitación no está exento de espinas. Voces críticas, como las de Liberty y Amnistía Internacional, se alzan contra lo que consideran una violación de los derechos humanos. La castración química, incluso voluntaria, adquieren tintes coercitivos dentro de los muros de una prisión. ¿Es realmente libre la elección cuando se realiza bajo la presión del entorno carcelario? ¿Se convierte el tratamiento en un peaje para acceder a beneficios penitenciarios? Estas son las preguntas que resuenan en el debate público, alimentando la controversia.
El espectro de la coerción no es la única sombra que se proyecta sobre el programa. Expertos advierten sobre la posible ineficacia del tratamiento en ciertos perfiles de agresores. Aquellos movidos por el poder o el control, y no por el deseo sexual, podrían no responder a la terapia farmacológica. Se cuestiona, además, la desviación de recursos que podrían destinarse a otras formas de rehabilitación, como la terapia cognitivo-conductual, con un historial de éxito más sólido.
La mirada se vuelve hacia otros países que han transitado este camino. Polonia, la República Checa y algunos estados de Estados Unidos han implementado medidas similares, con resultados dispares. El panorama internacional ofrece un mosaico de experiencias, un recordatorio de que no existen soluciones mágicas. El Reino Unido observa, analiza y espera. Los próximos 18 meses serán cruciales. El programa piloto será escrutado, evaluado, diseccionado. Un informe final determinará su futuro, si se expande a nivel nacional o se archiva como un experimento fallido. El tiempo, y los datos, dictarán sentencia. Mientras tanto, el debate continúa, un diálogo complejo y necesario sobre la justicia, la ética y la búsqueda de un equilibrio entre la seguridad pública y los derechos individuales.
Fuente: El Heraldo de México