22 de mayo de 2025 a las 09:20
Impulsa la Ética Legal en el Aula
La era digital nos inunda con un torrente incesante de información, donde los algoritmos dictan, cada vez más, el curso de nuestras decisiones, tanto en la esfera pública como en la privada. Ante esta realidad, la formación jurídica tradicional, aquella que se limita a la memorización de normas y la recitación mecánica de artículos, se revela insuficiente, casi obsoleta. Ya no basta con formar abogados que conozcan la letra de la ley; necesitamos profesionales comprometidos con la ética pública, conscientes del poder transformador del conocimiento y capaces de navegar en un entorno digital donde la transparencia, la rendición de cuentas y el acceso a la información son pilares fundamentales para la legitimidad democrática. Estos pilares, a su vez, se encuentran en constante evolución, exigiendo una reconfiguración de nuestras concepciones para adaptarnos a la realidad digital.
Es aquí donde la figura del docente de derecho, especialmente en la educación superior, adquiere una relevancia crucial. Su misión trasciende la mera transmisión de conocimientos legales; se convierte en un formador de ciudadanos comprometidos con la transparencia, no solo como principio democrático-liberal, sino como un valor cultural y civilizacional esencial para el futuro. El verdadero maestro en esta materia no se limita a explicar el tecnicismo de las normas de acceso a la información o protección de datos personales. Va más allá, comprendiendo la profunda significación de estos principios, convirtiéndolos en una pasión cívica, en una ética de vida que impulsa a sus estudiantes a desarrollar una mirada crítica y a alzar la voz frente a las estructuras de poder.
Imaginemos el potencial transformador de las aulas: espacios donde, gracias al compromiso y la creatividad de docentes y estudiantes, se debate no solo lo jurídico, sino también el significado de una vida íntegra, responsable y participativa en la era digital. Educar en transparencia no es cumplir un requisito curricular, sino una decisión política, pedagógica y profundamente humana, especialmente urgente en sociedades como la nuestra, marcadas por la desconfianza, la corrupción y el desencanto ciudadano.
Las nuevas generaciones de juristas enfrentan el desafío de desenvolverse en una realidad donde la sofisticación tecnológica convive con la opacidad institucional. Las tecnologías de vigilancia, el uso indiscriminado de datos personales y las lagunas en la gobernanza digital representan amenazas tangibles a las libertades y derechos humanos que tanto nos ha costado conquistar. Por ello, las facultades de derecho deben transformarse en laboratorios de experimentación teórica y práctica en gobernanza democrática digital. Espacios donde se analicen los efectos de la inteligencia artificial en el ejercicio de derechos, la educación, el trabajo y el debido proceso, así como los dilemas éticos de las decisiones automatizadas y el papel del Estado frente a las plataformas digitales. Debemos experimentar con herramientas que conviertan la transparencia en la norma, no en la excepción.
En las iniciativas que surgen de las aulas, impulsadas por docentes comprometidos y con un impacto que trasciende los muros universitarios, encontramos un denominador común: el poder de los datos abiertos como motor de cambio y la convicción de que el conocimiento jurídico debe servir al interés público, a las personas.
El aula jurídica del siglo XXI debe abandonar el monólogo y la repetición dogmática para convertirse en un espacio dialógico, creativo y multidisciplinario. Un espacio que fomente el pensamiento crítico, la innovación social y el compromiso ético con el otro. Solo así podremos formar a los profesionales que nuestra sociedad necesita para afrontar los retos de la era digital.
Fuente: El Heraldo de México