22 de mayo de 2025 a las 05:30
El misterio detrás de los Indios Verdes
Imaginen un París de 1889, bullicioso, vibrante, el epicentro del mundo. La Exposición Universal, un escaparate de innovación y cultura, donde las naciones competían por deslumbrar con sus avances. Más de 35 millones de almas recorriendo sus pabellones, maravilladas ante la Torre Eiffel, recién erigida, símbolo imponente de la modernidad. México, un país en busca de su lugar en el escenario global, bajo el mando de Porfirio Díaz, preparaba una muestra que reflejara su ambición de progreso, sin olvidar sus raíces prehispánicas. Antonio Peñafiel, médico y académico, fue el encargado de orquestar la participación mexicana, una tarea que prometía mostrar al mundo las dos caras de la nación: la herencia ancestral y el anhelo de futuro.
El encargo para representar la grandeza de los antiguos mexicas recayó en el talentoso Alejandro Casarín Salas. Imaginen el taller del artista, un hervidero de actividad, el chisporroteo del bronce fundido tomando forma, dando vida a dos colosos de metal: Itzcóatl y Ahuízotl, dos tlatoanis que marcaron el destino de Tenochtitlan. Itzcóatl, el estratega, el arquitecto de la Triple Alianza, el que sometió a Azcapotzalco y concentró el poderío militar en la capital. A su lado, Ahuízotl, el conquistador, el que expandió el imperio mexica hasta los confines de lo que hoy conocemos como Guatemala, impulsando el comercio y consolidando el dominio de la Triple Alianza.
Tres toneladas de bronce, tres o cuatro metros de altura, una presencia imponente destinada a cautivar a los visitantes de la Exposición Universal. Pero el destino, caprichoso, tenía otros planes. A último momento, un velo de misterio se cierne sobre la partida de los tlatoanis de bronce. ¿Fue su tamaño descomunal un obstáculo insalvable para la logística de la época? ¿Hubo presiones políticas o económicas que frustraron su viaje? Las razones se pierden en las brumas del tiempo, dejando espacio a la especulación y la curiosidad.
Así, Itzcóatl y Ahuízotl, condenados a un periplo sin fin por la Ciudad de México, inician un viaje que los llevará desde el Paseo de la Reforma, donde fueron colocados en 1890, hasta el bullicio popular del Canal de la Viga, cerca de La Merced, en 1902. Dieciocho años después, en 1920, se trasladan al norte de la ciudad, al cruce de Insurgentes y Acueducto de Guadalupe, un punto neurálgico de la creciente metrópoli. Pero su peregrinaje no termina ahí. En 1979, el avance implacable de la modernidad, materializado en la construcción del Metro Indios Verdes, los obliga a desplazarse una vez más.
La historia se repite en 2005, con la llegada del Metrobús. Finalmente, Itzcóatl y Ahuízotl encuentran un (¿temporal?) remanso de paz en el Parque del Mestizaje, cerca de la Basílica de Guadalupe, testigos silenciosos del devenir de la ciudad, guardianes de la memoria de un imperio que se resiste al olvido. Su pátina verde, fruto del tiempo y la intemperie, les otorga un aura de misterio, como si guardaran en su interior los secretos de una civilización fascinante. Hoy, invitamos al lector a visitarlos, a contemplar su majestuosidad, a reflexionar sobre el peso de la historia y la fragilidad del destino. Quizás, escuchando con atención, se pueda percibir el eco de un viaje frustrado a París, el susurro de un pasado glorioso y la promesa de un futuro aún por escribir.
Fuente: El Heraldo de México