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21 de mayo de 2025 a las 09:35

Domina tus miedos

El incidente protagonizado por el senador Gerardo Fernández Noroña ha desatado una oleada de críticas y cuestionamientos sobre los límites del poder y la libertad de expresión en México. Más allá del acto en sí, este episodio revela una preocupante tendencia hacia la intolerancia y el autoritarismo por parte de algunos representantes del poder. ¿Es legítimo utilizar la investidura pública para orquestar un acto de humillación contra un ciudadano, independientemente de la ofensa previa? ¿Qué mensaje se envía a la sociedad cuando se utiliza el aparato estatal para acallar las voces críticas?

La disculpa pública ofrecida por el abogado Carlos Velázquez de León, si bien pudo ser necesaria para reparar la ofensa cometida, se transformó en un espectáculo de sometimiento público orquestado desde el Senado. La utilización de recursos públicos, como las instalaciones del Senado y la transmisión en plataformas oficiales, convierte este acto en un ejercicio de poder desproporcionado y, en última instancia, antidemocrático. El senador Fernández Noroña, en lugar de actuar como mediador y garante del diálogo, optó por la vía de la humillación pública, un camino que erosiona la confianza en las instituciones y en la propia clase política.

La actitud del senador no solo menoscaba la dignidad del ciudadano involucrado, sino que sienta un precedente peligroso. Se transmite el mensaje de que cualquier crítica, por acalorada que sea, puede ser respondida con la fuerza del aparato estatal. Se desincentiva la participación ciudadana y se coarta la libertad de expresión, pilares fundamentales de cualquier democracia. La ciudadanía tiene el derecho, incluso el deber, de cuestionar a sus representantes, y estos deben estar preparados para responder con argumentos, no con represalias.

La escena protagonizada por Fernández Noroña nos obliga a reflexionar sobre la cultura política que impera en nuestro país. Una cultura donde el insulto y la descalificación se han convertido en moneda corriente, donde el diálogo y la tolerancia parecen valores en extinción. Es imperativo que la clase política recupere la mesura, el respeto y la capacidad de escucha, elementos esenciales para construir una sociedad más justa y democrática. El poder no debe ser utilizado para acallar voces disidentes, sino para servir al pueblo y garantizar el ejercicio pleno de sus derechos.

El caso de Fernández Noroña no es un hecho aislado. Se suma a una serie de episodios que evidencian una creciente intolerancia hacia la crítica y una preocupante tendencia a utilizar el poder para fines personales o partidistas. Es fundamental que la sociedad civil se mantenga vigilante y denuncie cualquier abuso de poder, por pequeño que parezca. La defensa de la democracia requiere la participación activa de todos los ciudadanos, exigiendo a sus representantes un comportamiento ético y responsable. El futuro de nuestra democracia depende de ello.

Fuente: El Heraldo de México