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21 de mayo de 2025 a las 23:15

Caos en Culiacán: Balacera en penal Aguaruto

El estruendo de las balas rompió la monotonía del miércoles en Culiacán. No eran fuegos artificiales, ni el eco lejano de alguna celebración. Eran ráfagas de armas largas, provenientes del interior del penal de Aguaruto, que resonaban con una crudeza que helaba la sangre. La tensión se palpaba en el aire, espesa y sofocante, como una premonición de la violencia que se desataba tras los muros de la prisión.

El pánico se apoderó de quienes se encontraban en los juzgados aledaños. Empleados, abogados, ciudadanos que realizaban trámites, todos buscaron refugio donde pudieron. Algunos se arrojaron al suelo, protegiéndose la cabeza con las manos, otros se escondieron detrás de escritorios y muros, con el corazón latiendo a mil por hora. Las detonaciones, que parecían interminables, alimentaban el temor de que la violencia se desbordara, que el penal se convirtiera en una olla a presión a punto de estallar y salpicar a todos con su furia contenida.

La incertidumbre reinaba. Los rumores, como un virus, se propagaban rápidamente a través de redes sociales y mensajes de WhatsApp. Se hablaba de una fuga masiva, de reos armados sembrando el caos en las calles, de vehículos robados a punta de pistola. La falta de información oficial solo avivaba las especulaciones, creando un clima de miedo e inseguridad que se extendía como una mancha de aceite por toda la ciudad.

La respuesta de las autoridades no se hizo esperar. Helicópteros surcaban el cielo, sus aspas cortando el aire con un zumbido amenazante. Patrullas de la Policía Estatal, Guardia Nacional y Ejército Mexicano, con sus sirenas aullando, convergían hacia el penal, blindando el perímetro y cerrando las vialidades cercanas. Un despliegue de fuerza que, si bien buscaba contener la situación, también evidenciaba la gravedad del incidente.

A pesar del imponente operativo, las ráfagas continuaban escuchándose, interrumpiendo el silencio con su eco siniestro. Cada detonación era un recordatorio de la violencia que se gestaba dentro del penal, una interrogante sin respuesta sobre el destino de los internos y la integridad del personal penitenciario.

La espera se hacía eterna. Minutos que parecían horas transcurrían sin que las autoridades emitieran un comunicado oficial. ¿Cuántos heridos? ¿Cuántos reos involucrados? ¿Se había logrado controlar la situación? Preguntas que flotaban en el aire, sin encontrar respuesta. El silencio oficial solo aumentaba la angustia y la incertidumbre, alimentando el temor de que lo peor estaba aún por venir. El penal de Aguaruto, uno de los centros penitenciarios más vigilados del estado, se convertía en el epicentro de una crisis que mantenía en vilo a toda la ciudad. ¿Qué se ocultaba tras los muros de la prisión? ¿Qué había detonado la violencia? La verdad, por el momento, permanecía encerrada, tan inaccesible como las celdas del penal.

Fuente: El Heraldo de México