20 de mayo de 2025 a las 09:25
El Regreso de Trump
El mundo del comercio internacional, un intrincado tapiz tejido con hilos de cooperación y competencia, se encuentra en una encrucijada. Lejos de la imagen idílica de un libre intercambio fluido y beneficioso para todos, la realidad se asemeja más a un tablero de ajedrez donde las piezas se mueven con estrategias calculadas, buscando la ventaja y protegiendo sus intereses. La historia nos enseña que el camino hacia la globalización comercial no ha sido lineal, sino más bien un péndulo oscilando entre la apertura y el proteccionismo.
A mediados del siglo XIX, el Tratado Cobden-Chevalier, pionero en la búsqueda del libre comercio, marcó un hito en las relaciones franco-británicas. Este acuerdo, basado en la reducción de aranceles entre aliados comerciales, sentó un precedente para futuras negociaciones y representó un primer paso hacia una mayor integración económica. Sin embargo, este espíritu de cooperación no duraría para siempre.
El siglo XX trajo consigo dos guerras mundiales y una Gran Depresión que sacudieron los cimientos del sistema económico global. El proteccionismo resurgió con fuerza, impulsado por el miedo y la incertidumbre. La Ley Smoot-Hawley, promulgada en Estados Unidos en 1930, es un ejemplo paradigmático de cómo las barreras arancelarias, lejos de proteger a la industria nacional, pueden agravar una crisis. El resultado fue un desplome del comercio internacional y un aumento del desempleo a niveles alarmantes. La lección aprendida fue dolorosa: el aislacionismo económico no es la solución.
Tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, la necesidad de reconstruir el mundo y evitar futuros conflictos impulsó la creación de instituciones multilaterales como el GATT, germen de la actual Organización Mundial del Comercio (OMC). Durante décadas, el GATT y posteriormente la OMC, trabajaron para reducir las barreras comerciales y establecer un marco regulatorio para el comercio internacional. México, al unirse al GATT en 1986 y firmar el TLCAN en 1992, se integró a esta corriente globalizadora.
La década de los 90 fue testigo de una proliferación de acuerdos comerciales, tanto bilaterales como multilaterales. La Unión Europea, el Mercosur, la ASEAN y el TIPAT, entre otros, son ejemplos de la creciente interconexión económica entre países. La acelerada innovación tecnológica, la agilidad del transporte y el surgimiento de China como potencia manufacturera transformaron el panorama comercial global. Sin embargo, esta rápida evolución también trajo consigo nuevos desafíos.
La Ronda de Doha, iniciada en 2001, se ha convertido en un símbolo del estancamiento en las negociaciones comerciales multilaterales. La insatisfacción con los resultados de la globalización, el deterioro del empleo en muchos países y la reconfiguración de las cadenas de suministro han generado tensiones y desconfianza. En este contexto, el proteccionismo ha vuelto a asomar la cabeza, alimentado por discursos que culpan al comercio internacional de los problemas económicos internos.
La estrategia proteccionista, como la impulsada por la administración Trump, se basa en la imposición unilateral de aranceles y la renegociación de acuerdos bilaterales, dejando de lado el multilateralismo y las reglas establecidas por la OMC. ¿Es esta la solución? ¿Un retorno al siglo XIX es la respuesta a los desafíos del siglo XXI? Las consecuencias de estas políticas aún están por verse, pero la historia nos ofrece valiosas lecciones que no debemos ignorar. El comercio, como bien dijo Benjamin Franklin, no es un juego de suma cero. La cooperación y el diálogo, en un marco de reglas claras y justas, son esenciales para un futuro próspero y equitativo para todos.
Fuente: El Heraldo de México