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20 de mayo de 2025 a las 09:30
Cautiva su alma
En tiempos pasados, cuando la fotografía aún no se había democratizado, se respiraba una atmósfera distinta alrededor del acto de capturar una imagen. Existía la creencia, arraigada en la cosmovisión de algunas culturas, de que la cámara podía robar el alma. Recuerdo vívidamente, en mis años de juventud, la reacción de algunos habitantes de comunidades originarias cuando descubrían mi intención de fotografiarlos. El gesto rápido de cubrir sus rostros, el agitar de manos frente al lente, expresaban no solo enfado, sino un temor genuino a perder algo esencial de sí mismos. Esta profunda convicción me impactó y me llevó a replantear mi propia práctica fotográfica. Mucho tiempo después, al otro lado del mundo, en Marruecos, encontré una reacción similar, aunque motivada por razones más terrenales: la expectativa de una compensación económica a cambio de posar para la cámara.
Este contraste de experiencias nos invita a reflexionar sobre el complejo poder de la imagen y el acto fotográfico. Mariana Azahua, en su libro "Retrato involuntario. El acto fotográfico como forma de violencia", ahonda en las implicaciones éticas de retratar a alguien sin su consentimiento. Nos recuerda el inquietante paralelismo que Susan Sontag trazó entre la mirilla del visor y la de un arma, una analogía que cobra aún mayor relevancia en la era digital, donde la omnipresencia de las cámaras en nuestros teléfonos nos ha otorgado un poder que no siempre sabemos manejar con responsabilidad.
El voyerismo que acecha a las figuras públicas, el dilema ético de fotografiar cuerpos vulnerables o sin vida, son temas que exigen una reflexión profunda. La facilidad con la que hoy podemos capturar una imagen "a escondidas" y convertirla en un meme, en objeto de burla, evidencia una preocupante banalización del acto fotográfico. Este "a escondidas" es solo la punta del iceberg, el primer peldaño en una escalada de transgresiones que nos lleva a cuestionarnos los límites de la privacidad y el respeto en un mundo obsesionado con la imagen, con poseer la imagen o la imagen de la posesión.
La historia de Harvey Glatman, un asesino que transformó su cámara en un arma literal, nos recuerda el lado más oscuro de esta obsesión. Pero esa, como dicen, es una historia para otro café, una historia que nos obliga a confrontar las consecuencias más extremas de un poder que, en principio, nace con la noble intención de capturar la belleza y la complejidad del mundo que nos rodea. ¿Hemos perdido, en la inmediatez y la accesibilidad de la imagen digital, la capacidad de contemplar la esencia de lo que fotografiamos? ¿Hemos olvidado el respeto por la individualidad y la dignidad de aquellos que se convierten, a veces sin saberlo, en protagonistas de nuestras imágenes? Estas son preguntas cruciales que debemos plantearnos en una sociedad saturada de imágenes, donde la línea entre la memoria y la intrusión, entre el arte y la violencia, se vuelve cada vez más difusa.
La tecnología ha democratizado la fotografía, pero también ha multiplicado los desafíos éticos que conlleva. La responsabilidad de usar este poder con respeto y conciencia recae en cada uno de nosotros. Debemos aprender a mirar más allá de la imagen, a comprender el contexto y las implicaciones de cada disparo. Solo así podremos evitar que la cámara, en lugar de una herramienta para capturar la belleza y la verdad, se convierta en un instrumento de intrusión y violencia.
Fuente: El Heraldo de México