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19 de mayo de 2025 a las 09:25
El futuro incierto de la superconvergencia
Nos encontramos en la cúspide de una nueva era, una era definida por la convergencia sin precedentes de la inteligencia artificial, la biotecnología y la genética. Imaginen un futuro donde los algoritmos, con una precisión quirúrgica, desentrañan los misterios de nuestro código genético, prediciendo la susceptibilidad a enfermedades antes incluso de que se manifiesten. Un futuro donde los tratamientos médicos, dejando atrás la generalización, se personalizan a nivel individual, maximizando su eficacia y minimizando los efectos secundarios. Esta no es ciencia ficción, es la promesa tangible que nos ofrece la superconvergencia, una promesa que Jamie Metz, asesor de la OMS, explora con profundidad en su obra “Superconvergencia”.
Sin embargo, este emocionante avance científico viene acompañado de innegables inquietudes. Como una moneda de dos caras, la misma tecnología que promete erradicar enfermedades también presenta el riesgo de ser mal utilizada, ya sea por accidente, negligencia o intencionalidad maligna. La posibilidad de alterar ecosistemas, crear nuevas formas de vida e incluso modificar la inteligencia plantea interrogantes éticas de enorme calado. ¿Estamos preparados para manejar un poder tan transformador?
Ante este panorama, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha dado un paso crucial al establecer un marco de orientación global para el uso responsable de las ciencias de la vida. Este marco, si bien no vinculante, representa un hito en el camino hacia una biotecnología segura y ética. Identifica los principales biorriesgos, desde accidentes de laboratorio hasta la manipulación genética con fines malignos, y exhorta a los países a desarrollar políticas que protejan a la sociedad de estos peligros. La OMS subraya que la innovación científica debe ir de la mano con la responsabilidad, asegurando que los beneficios de estos avances se distribuyan de manera equitativa en todo el mundo.
No estamos solos en esta cruzada ética. La UNESCO, a través de su Declaración sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos, ha levantado la bandera de la dignidad humana frente a los avances en genética. La declaración consagra el genoma humano como patrimonio común de la humanidad, rechazando categóricamente cualquier forma de manipulación que atente contra nuestra esencia como seres humanos. Este documento no solo sirve como guía ética, sino que también establece un marco para que el progreso científico se desarrolle en un contexto de respeto, justicia y dignidad.
Sin embargo, y aquí radica un punto crítico, tanto el marco de la OMS como la Declaración de la UNESCO carecen de fuerza vinculante. Son llamados a la acción, guías éticas, pero no instrumentos legales que obliguen a los Estados a actuar con responsabilidad. Mientras estas declaraciones no se traduzcan en tratados internacionales con carácter vinculante y de aplicación universal, la humanidad se encontrará en una posición vulnerable frente a los potenciales riesgos de estas tecnologías revolucionarias. Es imperativo que la comunidad internacional tome conciencia de esta necesidad y trabaje unida para crear un marco jurídico robusto que garantice que el impresionante poder de la superconvergencia se utilice para el bien común y no para nuestra propia destrucción. El futuro de la humanidad podría depender de ello.
Fuente: El Heraldo de México