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18 de mayo de 2025 a las 21:40
Zelensky calla, Estambul habla
La imagen de una Estambul bañada por el sol primaveral contrastaba dramáticamente con la frialdad de las declaraciones que emanaban del encuentro entre las delegaciones rusa y ucraniana. Si bien la histórica ciudad turca, puente entre Oriente y Occidente, se vestía de esperanza para albergar un diálogo largamente esperado, la ausencia del presidente Volodímir Zelenski y la posterior retórica empleada por Kiev arrojaron una sombra de incertidumbre sobre el futuro del proceso de paz. Más allá del intercambio de 2.000 prisioneros de guerra, un logro humanitario innegable, la sensación generalizada es que se ha perdido una oportunidad crucial para avanzar hacia una solución política al conflicto.
Argumentando la falta de "peso político" de la delegación rusa, Zelenski optó por enviar a su Ministro de Defensa, Rustem Umérov, a liderar la representación ucraniana. Si bien es comprensible la cautela y la desconfianza acumulada tras años de guerra, la decisión del presidente ucraniano de no participar personalmente envía un mensaje contradictorio. Precisamente, la fragilidad de Ucrania, con su infraestructura devastada y su economía dependiente de la ayuda internacional, debería impulsar, más que nunca, la búsqueda de cualquier vía posible hacia la paz. No se trata de claudicar ante las exigencias de Moscú, sino de entender que la responsabilidad de explorar todas las opciones recae, con mayor peso, sobre quien más sufre las consecuencias de la guerra.
El encuentro de Estambul no era la panacea, ni prometía soluciones mágicas. Sin embargo, representaba una plataforma invaluable para abordar temas cruciales, desde la apertura de corredores humanitarios hasta la exportación de cereales. El simple hecho de sentarse a dialogar, cara a cara, tras años de hostilidades, ya constituía un avance significativo. Un avance que, lamentablemente, se vio opacado por la rigidez de la postura ucraniana. La ausencia de Zelenski, sumada a las declaraciones posteriores que descalificaban el proceso, transmiten la impresión de que Kiev busca el protagonismo mediático más que soluciones concretas.
La guerra en Ucrania no es un juego de ajedrez donde las piezas se mueven con fría precisión. Es un drama humano de proporciones devastadoras, donde millones de civiles pagan el precio de la intransigencia política. En este contexto, la diplomacia, por más imperfecta que parezca, es la única herramienta capaz de construir puentes hacia la paz. Requiere escenarios, pausas, espacios para medir al adversario fuera del campo de batalla. Estambul ofrecía ese espacio, y fue despreciado.
El papel de Türkiye como mediador en este conflicto es encomiable. El país ha demostrado su capacidad para tender puentes entre las partes en conflicto, ofreciendo una plataforma neutral para el diálogo. Sin embargo, para que la mediación sea efectiva, se necesita la voluntad real de las partes involucradas. La retórica beligerante, las acusaciones cruzadas y la búsqueda de protagonismo solo contribuyen a perpetuar el ciclo de violencia. Es hora de que las partes dejen de pelear por el micrófono y empiecen a hablar, con sinceridad y compromiso, sobre las posibilidades reales de alcanzar la paz. El futuro de Ucrania, y la estabilidad de la región, dependen de ello.
Fuente: El Heraldo de México