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18 de mayo de 2025 a las 01:55

Descubre la mística Cueva del Diablo en Oaxaca

Adentrarse en la Cueva del Diablo, cerca de Mitla, Oaxaca, es un viaje a lo desconocido, una experiencia que desafía los sentidos y pone a prueba la valentía. El camino, un sendero estrecho y sombrío, te envuelve en una atmósfera opresiva, donde el silencio reina y la luz del sol se desvanece entre las ramas de los árboles. Las huellas en el suelo, algunas humanas, otras de origen incierto, alimentan la inquietud, sugiriendo la presencia de algo más que simples animales del bosque. La imponente boca de la cueva, una oscura grieta en la roca, parece observar al visitante con una mirada ancestral, invitándolo a descubrir los secretos que guarda en su interior. Las tres cruces en la entrada, testigos silenciosos de rituales pasados, no logran disipar la sensación de peligro, sino que la acentúan, recordando las historias de quienes intentaron contener el mal que se dice, habita en la oscuridad.

El olor, descrito por quienes se han atrevido a entrar como el hedor de la muerte, se impregna en la ropa, en la piel, en la memoria. Un olor que ningún antibacterial puede enmascarar, un olor que habla de sacrificios, de magia oscura y de la presencia de seres que no pertenecen a este mundo. Las cucarachas y ratas, habitantes habituales de la cueva, se alimentan de las ofrendas dejadas por los brujos, completando un cuadro macabro y perturbador. Los susurros, los golpes inexplicables, el crujir de ramas invisibles, son la banda sonora de este escenario infernal. Avanzar por la cueva se convierte en un acto de fe, una prueba de resistencia física y mental. El techo rocoso, que desciende amenazante, obliga a los exploradores a arrastrarse, aumentando la sensación de claustrofobia y vulnerabilidad.

Las leyendas que rodean la Cueva del Diablo no son simples cuentos para asustar a los niños. Son relatos que han pasado de generación en generación, arraigados en la memoria colectiva de la región. Historias de niños desaparecidos, cuyos rastros conducen a la boca de la cueva; historias de pactos diabólicos que terminan en locura y muerte; historias de apariciones espectrales y luces misteriosas que vagan por la carretera cercana. Estas historias, alimentadas por el miedo y la superstición, crean una atmósfera de misterio que envuelve a la cueva, convirtiéndola en un lugar temido y respetado.

La presencia de brujos en la cueva no es un mito. Es una realidad tangible, evidenciada por los restos de rituales y las ofrendas que se encuentran dispersas por el lugar. El encuentro con el brujo, relatado por el equipo de Alberto del Arco, es un testimonio escalofriante de la actividad que se desarrolla en la oscuridad de la cueva. Una voz amenazante, surgida de la nada, que exige respeto y silencio, una voz que confirma la existencia de un mundo oculto, regido por fuerzas que escapan a la comprensión humana. La agresividad del brujo, su negativa a revelar su identidad, el objeto lanzado en la oscuridad, son pruebas irrefutables de que la Cueva del Diablo no es un lugar para los curiosos, sino un santuario para las prácticas más oscuras de la magia. Un lugar donde el misterio y el terror se entrelazan, creando una experiencia que marca para siempre a quienes se atreven a desafiar sus secretos.

Fuente: El Heraldo de México